Holy Motors: La belleza cuando nadie mira

Marcianada. Obra maestra. Paja mental. Profunda reflexión sobre el presente. Incómoda. Imprescindible. Aburrida. Hipnótica.

Cualquiera de estos adjetivos sirve para Holy Motors. La película triunfadora en Sitges, la mejor película del año para Cahiers du Cinéma España. Una rareza que deja al último David Lynch a la altura de un neorrealista cualquiera.

Los espectadores acompañamos a un tipo, llamado señor Oscar (no hay adjetivos suficientes para elogiar la interpretación de Denis Lavant), en un largo día de trabajo. Al inicio, sale de una mansión y se despide de su familia; escoltado por guardespaldas, se sube a una limusina y comienza su recorrido. En el asiento hay una carpeta con sus citas del día. A primera vista se parece a Cosmópolis, pero pronto descubrimos que, en esta película, nada es lo que parece.

 

El señor Oscar es un hombre camaleónico y su “trabajo” es convertirse en otros. ¿Quién le paga el sueldo? ¿Por qué lo hace? ¿Quién es él en realidad? No lo sabemos, y no importa.

Durante la mayor parte de la película, el espectador está completamente perdido; pero es imposible dejar de mirar la pantalla. Hipnotiza.

Holy Motors está plagada de imágenes potentes y extrañas; imágenes que no sorprenden, como si siempre hubieran estado allí, esperando a que un director las filmase o un espectador reparase en ellas. Esto sucede muy pocas veces en el cine. Pero Leos Carax lo consigue.

Algunas de las imágenes poderosas:

  • Un cine lleno de personas que ven sin mirar y oyen sin escuchar
  • Una lucha que se convierte en baile que se convierte en polvo entre el protagonista y una mujer desconocida, ambos vestidos con unos peculiares trajes de luces
  • La conversión de una modelo en una mujer con burka (pero ahora resulta más atractiva, más misteriosa)
  • El mendigo comiendo flores en un cementerio

La belleza está en el ojo del espectador, dice un personaje. ¿Y si no hay espectadores?, replica el protagonista. Quizá sea la clave de la película. Todo lo que sucede es una actuación para nadie.

Dice Leos Carax en una entrevista promocional: No sé quién es el público. Es gente que muere pronto. No me gustan las películas para el público sino para el ámbito privado e invito a todo que quiera a que vea la película. Me importa que la vean. ¿Qué la entiendan? No. ¿Que les guste? Sí.

Pues eso.

Nota: 9/10

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Flowers of War: redención entre las balas

Zhang Yimou es uno de los mejores directores de la actualidad. Sus películas son circulares, están muy bien contadas y tienen una férrea estructura; sus personajes resultan cercanos. Y tiene muy buena mano para elegir los planos.

En su último trabajo nos traslada a diciembre de 1937, momento álgido de la Segunda Guerra entre China y Japón. Nanking está a punto de caer a manos de los soldados nipones. Cuando lo haga, se desatará la barbarie. Se calcula que 300 mil civiles fueron asesinados en los días que siguieron a la rendición. Japón argumenta que es un dato falso, pura propaganda: humo muertos, pero todos militares. Tras la Segunda Guerra Mundial, el Tribunal Militar Internacional de Extremo Oriente condenó al comandante en jefe en Nanking por la muerte de 100 mil personas.

La película comienza con la huida de un puñado de niñas. Corren despavoridas, tratan de no morir a manos de las decenas de soldados japoneses que las persiguen. Un grupo de soldados chinos, los últimos de la ciudad, disparan a los invasores. Las niñas logran escapar; sólo 2 soldados chinos sobreviven.

En paralelo, un occidental sortea también las balas y las bombas. Quiere llegar a una iglesia para arreglar el cadáver de un sacerdote. Allí se encontrará con las niñas, pupilas del convento. Poco después, un grupo de prostitutas se refugiará también entre los muros de piedra. En principio, el occidental (Christian Bale) no quiere saber nada de las niñas ni de las prostitutas. Él no es chino ni japonés, está allí para hacer un trabajo y sólo quiere cobrar, beber mucho vino y olvidarse del mundo. La niñas rechazan la presencia de las prostitutas y éstas parecen vivir todavía en un burdel-burbuja. Al final, todos terminarán por cambiar su opinión sobre el resto y sobre sí mismos.

Zhang Yimou no inventa nada. Relatos de redención hay decenas. Un hombre egoísta se enfrenta a una situación que le supera; la reacción inicial es de rechazo, él no es un héroe, no puede ni salvarse a sí mismo. Pero algo le hace cambiar y, con su heroicidad, se perdona por los pecados cometidos. Zhang Yimou no inventa nada pero relata la historia de maravilla.

En 2 horas 20 nada aburridas conjuga soberbias escenas de guerra (atentos al francotirador), durísimas escenas de asesinatos y violaciones (que compiten con otra película sobre la masacre: Ciudad de vida y muerte), momentos de tranquilidad, diálogos de complicidad que arrancan una sonrisa y un final que renueva la esperanza en la humanidad.

Como en tantas películas de guerra -la más obvia, quizás, La lista de Schindler-, el director muestra que entre el silbido de las balas el ser humano es capaz de lo mejor y lo peor. El miedo, la amenaza de la muerte y la ausencia de leyes son para muchos una oportunidad de liberar a la bestia que llevan dentro. Pero también el sufrimiento empuja a otros a dar lo mejor por unos desconocidos.

Curioso, lo de Zhang Yimou. Es un maestro en el género wuxia (La casa de las dagas voladoras), en las películas íntimas y realistas (El camino a casa) y domina como pocos la épica (Vivir).

Flowers of War no se ha estrenado en España y cuando lo haga, seguramente sólo podrá verse doblada; es una pena, porque hay un juego interesante entre los idiomas hablados por los personajes (inglés, chino y japonés). Por fortuna, hay recursos para disfrutar del buen cine desde casa. No se la pierdan.

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White Heat: Cómo hemos cambiado

La BBC lo ha vuelto a hacer. Cada pocos meses emite una miniserie que da una vuelta de tuerca al género en cuestión. Después de las adaptaciones literarias, el thriller político, las sitcoms, los viajes al pasado nobiliario y las distopías, llega la serie sobre reencuentro de amigos. ¿Recuerdan Los amigos de Peter, Reencuentro o Pequeñas mentiras sin importancia? Pues la guionista Paula Milne ha mezclado estos argumentos con la estructura de un Cuéntame (pero honesto) y ha creado una miniserie emotiva, sincera y de calidad.

White Heat se abre con la llegada de Charlotte al piso donde murió una persona de la que, en tiempos, fue muy cercana. Poco a poco aparecen más amigos. Todos vivieron juntos durante una década, y luego mantuvieron el contacto durante otros 20 años. Ahora hace tiempo que no se hablan. La muerte de un miembro del grupo servirá como revulsivo para recordar el pasado, cerrar viejas heridas y hacer las paces consigo mismo.

Buena parte de la serie está dedicada a contar el pasado del grupo. Cada capítulo se centra en una época, y a través de los amigos vemos una radiografía de la Inglaterra del momento. Emancipación de la mujer, aborto, anticonceptivos, racismo, IRA, drogas, Margaret Thatcher, el declive de los liberales, la guerra de las Malvinas, la destrucción de los sindicatos… Todo aparece a lo lago de 6 capítulos, y lo hace de forma natural, fluida. El grupo cambia a lo largo de los años: también lo hace el mundo.

Como es habitual en las producciones británicas, a realización es elegante y los guiones muy trabajados. Los espectadores nos encariñamos de todos los personajes, sufrimos con ellos y sonreímos cuando les van bien las cosas. Al final es difícil aguantar la emoción. Una de las series del año, sin duda.

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[Rec] 3: brillante sátira con zombies

La tercera parte de la saga iniciada por Jaume Balagueró y Paco Plaza en 2007 no es una película de miedo: es una comedia. En su momento todos gritamos mucho con la pobre reportera y nos sorprendió la forma de grabar las escena. Era de esperar de las secuelas siguieran el mismo camino pero sus artífices son unos directores inteligentes y no se contentan con exprimir la gallina de los huevos de oro: prefieren cambiarla por un gallo.

[Rec] 3 Génesis, se inicia con una magistral secuencia de boda, la mejor desde la que abría El Padrino. Si Paco Plaza hubiera rodado sólo esta parte y la hubiera presentado a concursos como un corto, habría arrasado. En la pantalla vemos el menú de un DVD, y por un instante pensamos que el proyeccionista se ha liado. En realidad es el vídeo de la boda de los protagonistas. Asistimos a la ceremonia y al banquete a través de las cámaras de los invitados: la mini DV de la hermana, el móvil de un amigo, la cámara profesional del fotógrafo oficial… Diferentes texturas, diferentes formatos de pantalla, diferentes estilos de grabación. Juntos forman un documento excepcional que satiriza la forma actual de celebrar una bodas: los amigos que se ponen un trae una vez al año, las amigas que no saben caminar con tacones, las tías gordas y ultraperfumadas, el abuelo sordo, el cura aburrido, los camareros latinoamericanos, el inspector de la SGAE, el animador de niños, las canciones horteras, los discursos vergonzantes… Una cámara puede ridiculizar cualquier celebración; 5 cámaras diferentes y un montaje a mala uva puede lograr que nunca vayamos a una boda con el mismo espíritu.

Tras la cena, uno de los invitados se cae del primer piso. Hay gritos, nerviosismo, la música se apaga. Algunos se acercan a comprobar su estado, parece que está muerto. Pero no. Abre los ojos y arranca parte del cuello de un familiar.

A partir de entonces la película cambia de tono y se sitúa entre el gore y el terror cómico tipo Scream. Los zombies no dan miedo y ya no hay sustos, pero no importa. Los espectadores disfrutamos con las aventuras de los recién casados, que tratan de evitar ser comidos por sus familiares. Los actores están espléndidos. Diego Martín logra dar una vuelta de tuerca a su personaje en Aquí no hay quien viva: sigue siendo un tonto enamorado, pero ahora es capaz de armarse con una espada y dedicarse a matar a sus amigos. Leticia Dolera junta a la chica de El Resplandor con las heroínas de acción y no duda en cortarse el vestido con una motosierra para correr mejor.

El final de la película constituye el mejor deus ex machina de la historia del cine español. Esta expresión en latín se refiere a la técnica empleada en el teatro antiguo para solucionar los problemas y terminar muchas obras: cuando el prota estaba a punto de morir, un dios baja del cielo ayudado por una grúa y lo salva. En general, no se debe usar este truco, pues denota que el guionista no sabía como acabar la peli y ha optado por el camino fácil. Pero aquí el deus ex maquina es casi literal y resulta un maravilloso acierto.

Balagueró y Plaza pusieron el listón lato con la primera parte y este año los dos han demostrado que son muy buenos directores. El primero ha rodado la desasosegante Mientras duermes y el segundo ha conseguido escribir un capítulo en el cine satírico-costumbrista.

Nota: 7/10

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Alps: ¿es Giorgos Lanthimos un impostor?

El director Giorgos Lanthimos sorprendió en 2009 a los cinéfilos europeos con una pequeña joya que aquí se tradujo como Canino. En ella bebía del extrañamiento de Bertolt Brecht, de la dureza de Michael Haneke y del humor de Kafka para presentar a una familia que quiere ser tan perfecta que termina por convertirse en una aberración. Canino tenía una segunda lectura política: es muy fácil caer en la dictadura.

Ahora Lanthimos ha rodado Alps. Su argumento es igual de extraño que el de Canino: un grupo de personas forman una “empresa” dedicada a suplantar a difuntos para ayudar a sus familiares a superar el duelo. El director opta de nuevo por una realización alejada de lo corriente: repeticiones de frases y gestos hasta vaciarlos de contenido, ausencia de música extradiegética y utilización de planos que producen incomodidad al espectador. Alps reúne todas las característica de película “de autor”, y ahí está el problema

Cuando vi Canino, pensé que había nacido un sucesor de Haneke, un director valiente capaz de hacer pensar al espectador. Mientras veía Alps, sin embargo, tenía la sensación de que Lanthimos nos había engañado. No era un autor, era un artesano que simula ser artista. Hay muchos directores que ruedan planos fijos larguísimos para parecer “artistas”, directores mediocres que viven de aparecer en festivales y engatusar a un puñado de críticos poco exigentes. No tengo claro si Lanthimos pertenece a esa categoría.

Alps es una buena película, tiene momentos brillantes y sus actores están formidables. Pero tengo la impresión de que se ha quedado en la superficie. Allí donde Canino ahondaba en la herida, Alps no hace más que retirar la venda un instante… para volverla a colocar encima.

Habrá que esperar al siguiente trabajo de Lanthimos para averiguar si es quien dice ser o, como sus personajes, sólo interpreta un papel.

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