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Saló o los 120 días de Sodoma: el poder absoluto

El último trabajo de Pier Paolo Pasolini es, sin duda, la película que más me ha impactado nunca. Es una obra muy dura, alejada de las vacías polémicas y provocaciones de títulos recientes. A Serbian film o Anticristo eran violentas, quizá pornográficas… pero se quedaban en la superficie. Sólo perturbaban a los espectadores más impresionables. Saló o los 120 días de Sodoma tiene un componente moral, político y ético muy profundo. Su espíritu (me resisto a hablar de mensaje) se parece a las obras de Haneke, en particular a La cinta blanca.

La República de Saló fue un Estado creado en el norte de Italia por Mussolini al final de la II Guerra Mundial. El último reducto fascista de Italia, gobernado en realidad por los nazis. Treinta años después, Pasolini decide situar en este efímero lugar su última película (sería asesinado días después del estreno).

En una aislada y suntuosa villa de esta República, un Duque, un Presidente, un Obispo y un Magistrado (representantes del poder político, religioso y judicial) secuestran con la ayuda de los soldados de la Wehrmacht a un puñado de chicos y chicas, muchos menores de edad. Los reúnen en el jardín y, desde el balcón, les anuncian que ya no son libres. Son su propiedad. Es la antesala del infierno; como escribió Dante -uno de los referentes de la plícula- hay que abandonar toda esperanza al entrar.

Comienza entonces una sucesión de vejaciones y torturas como nunca se había visto en el cine. Aquellos que desobedezcan serán severamente castigados. Uno de los muchachos trata de escapar y es tiroteado; instantes después, el chófer de los amos bromea sobre el asunto. Otra chica será degollada por rezar.

A lo largo de 3 capítulos (casi movimientos musicales), estos muchachos y muchachas servirán de juguete a sus dueños. El primero es El círculo de las Manías. Mientras una de las amigas de los amos toca el piano, otra recita fragmentos del marqués de Sade. Los hombres escuchan con deleite, mientras los esclavos tratan de pasar desapercibidos (en El portero de noche, estrenada un año antes, también hay escenas similares). A medida que avanza la narración, los hombres se excitan y comienzan a abusar de las chicas y los chicos. En un momento dado, esclavos entran en el salón desnudos y atados por el cuello con correas de perro (una imagen que recuerda a aquella de Abu Grahib).

El segundo movimiento lleva por título El círculo de la Mierda. La escena crucial es un banquete de boda (una farsa montada por diversión) en el que las camareras desnudas sirven fuentes de excrementos que los propios comensales han expulsado durante la mañana. Mientras los amos y sus amigas comen con placer, los esclavos tratan de aguantar las náuseas. La sensación producida en el espectador es inenarrable.

El último movimiento, El círculo de la Sangre, es el peor. Los señores van habitación por habitación buscando a aquellos esclavos que han desobedecido sus normas. Cuando uno de ellos es encontrado, suplica por su vida; a cambio de no castigarle, delatará a otro esclavo, que ha hecho algo peor. Los estados policiales fomentan la delación continua. Para salvar el cuello, cada uno venderá a vecino, al amigo, al hermano. En esa situación, sólo existe una salida honrosa: el suicidio (la opción tomada por la pianista, asqueada por participar en ese espectáculo).

Una vez seleccionados los “culpables”, se procede a infligir su castigo. Pasolini rueda esta secuencia de forma magnífica. Los señores están sentados en butacones frente a la ventana; a través de sus prismáticos presenciamos la orgía de sangre que se celebra en el jardín.

Decía Kant que las personas son fines en sí mismos, nunca medios. Pasolini nos muestra un mundo en el que unas personas utilizan a otras. En el momento en que alguien piensa en otro sólo según el placer que puede proporcionarle, está robando su dignidad. Ningún ser humano debería poseer a otro. Si alguien tiene poder sobre la vida y la muerte de otro semejante, nace la perversión, la crueldad, la tortura. Los señores de Saló son los dueños de los pobres adolescentes; hacen con ellos lo que quieren. Y si se cansan, los matan y punto. No importa. No hay sentimiento.

Hanah Arendt escribió sobre la banalidad del mal. También Pasolini hace referencia esta triste realidad. Los fascistas no dedican ni un segundo a las vidas de sus esclavos; los militares que les ayudan bromean y silban después de sacar un ojo a un muchacho de 13 años; las amigas cantan y tocan el piano mientras delante suyo una muchacha es obligada a comer clavos.

La banalidad se manifiesta en una de las escenas más duras de la película. Los chicos y chicas son obligados a desnudarse, agacharse y mostrar sus traseros. Con las luces a oscuras, armados con una linterna, los amos eligen el mejor trasero. Pero es un concurso perverso, el “ganador” será asesinado.

Cualquier niño ha jugado con la vida de una hormiga o de una mosca. Aprendemos que “eso no se hace”, que hay que tratar bien a los animales. Pero, como dice uno de los hombres, en un Estado que reprime todo, todo está permitido. Arendt también escribió que prefería vivir en la Alemania nazi que en la URSS de Stalin. Al menos, en Berlín podías estar seguro de vivir si eras ario y seguías ciertas reglas: en la URSS el azar era absoluto, nadie sabía por qué era asesinado. Igual sucede en este infierno creado por Pasolini. Los caprichos de los amos son inexplicables, irracionales. Hay reglas, pero su cumplimiento no sirve de mucho.

Saló o los 120 días de Sodoma es una película difícil de ver. Hay que estar preparado para enfrentarse a ella. Pero es muy necesaria.

Por cierto, se puede ver en Filmin

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