800 balas: el poncho de Clint todavía huele

Ahora no recuerdo ningún título, pero sé que hay un buen puñado de películas dedicadas a contar los intentos de sus protagonistas para evitar el cierre de una escuela, el despido de un profesor, la muerte de un animal… Todas tienen parecida estructura y la misma idea central: hay que salvar algo que va a ser destruido, no tanto por su valor real (a menudo está ya viejo y deteriorado) sino por su valor sentimental. Forma parte de la vida de los personajes y, si la película es buena, también de la de los espectadores (al menos durante un rato).

Este es el modelo elegido por Alex de la Iglesia para escribir 800 balas, la película más injustamente maltratada de su carrera, como dice @VivirRodando.

El personaje principal es un antiguo especialista que tuvo su edad dorada cuando Almería era un plató barato para los spaghetti westerns y otras obras de tono épico. Llevó el tanque de Patton y el poncho de Clint Eastwood, pero ellos tienen la gloria y él 30 años más en la espalda. Ahora, junto con un variopinto grupo de muertos de hambre, trabaja en un espectáculo, recreando en un falso escenario lo que fueron aquellas películas de indios y vaqueros.

Lo mejor de la película, el retrato de este grupo de trabajadores. Un puñado de perdedores con sentido del humor. Ninguno está a gusto, el trabajo escasea y para sobrevivir deben trapichear con placas de hachís; pero cuando llegue el momento no querrán irse y montarán un auténtico fuerte para enfrentarse a la guardia Civil, los Geos y hasta el ejército.

Lo mejor de la película, el humor agridulce al que ya nos tiene acostumbrados Alex de la Iglesia. Ése que te hace reír y que casi te avergüences de hacerlo.

Y lo mejor de la película, la presencia imponente y cálida a la vez de un Sancho Gracia que debería prodigarse más, que consigue que cambiemos a Curro Jiménez por Julián, una especie de doble pero en fracasado.

800 balas, en definitiva, no desentona mucho de otras películas de Alex de la Iglesia. Un grupo de freaks, una misión imposible y mucho humor negro. Una receta efectiva (no efectista) que, seguramente, veremos en su Balada triste de trompeta. Ya queda menos para su estreno.

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