Midnight in Paris: Woody Allen sigue en forma

Decía el poeta que cualquier tiempo pasado fue mejor. Es un pensamiento que muchos hemos compartido. Por supuesto, es falso. Un mecanismo para huir del presente -siempre imperfecto- es imaginar tu vida en un glorioso pasado. La Atenas de Pericles, la Edad Media, el Renacimiento, la Viena de Freud y Kraus, España en 1927… En la vida real es imposible trasladarse a estos tiempos, pero en el cine los sueños se hacen realidad.

Con esta premisa monta Woody Allen su mejor película desde Mach Point. Una comedia ágil en la que subyace un poso de idealismo que recuerda a los epílogos de Manhattan o Annie Hall.

Estamos en París, en el año 2010. Gil Pender (Owen Wilson, en un papel que hubiera interpretado Woody hace 30 años; de hecho habla y gesticula igual que el director) es un guionista de éxito en Hollywood que trata de terminar una novela; está cansado del mercadeo de guiones y quiere escribir verdadera literatura. Junto con su bella prometida y sus ricos y detestables futuros suegros (y además, defensores del Tea Party), pasa unos días en la ciudad del amor. Mientras el resto disfrutan de los museos y las tiendas, Gil añora el París de los años 20, cuando todavía era la capital de la cultura.

Pero es un incomprendido. Ni su futura esposa ni una pareja de amigos de ella (con quienes se cruzan por casualidad) entienden su fijación. La gente normal disfruta de los restaurantes, las salas de baile, las tiendas (más aún si, como es el caso, no falta el dinero)… Peo Gil no. Una noche decide pasear hasta el hotel (horrible perversión, ¿para qué caminar habiendo coches?) y se pierde. Como en los cuentos de hadas, cuando suenan las campanadas de medianoche, una suerte de carroza se detiene ante él. Por supuesto, sube a ella.

En este momento, Woody Allen decide jugársela; se agarra con fuerza a la suspensión de la incredulidad de los espectadores y hace que Gil se baje del carro en su deseado París. Allí conocerá a Francis Scott Fitzgerald y Zelda, a Hemingway, a Picasso, Buñuel y Dalí, a Gertrude Stein y Cole Porter… Conversará, en, fin, con buena parte de la cultura de aquel tiempo. Todo un sueño hecho realidad.

Lo que en otras películas chirriaría, aquí se muestra de forma natural. No hay efectos especiales para mostrar el salto en el tiempo, no hay imágenes que separan uno y otro París. Simplemente, sucede. De igual forma, es un riesgo poner en pantalla a personajes reales (a no ser que sean protagonistas); se corre el peligro de que resulten increíbles. Pero en Midnight in Paris todos son muy naturales, incluso el histriónico Dalí (interpretado con mucha solvencia por Adrien Brody).

París, 1920 es un buen lugar para vivir. Pero Woody Allen no es un idealista. Sabe que es todo una trampa creada por nosotros mismos. Por eso crea un personaje -amante de Hemingway, Picasso y Modigliani- que destesta su presente y añora vivir en 1890, cuando Gauguin, Monet y Toulouse-Lautrec cerraban cada noche el Moulin Rouge. El presente es un bastardo, pero es nuestro bastardo.

Por cierto, durante los 100 minutos de la película me he reído muchas veces. Y a gusto. Ya tenía ganas de hacerlo con una nueva película de Woody Allen. Midnight in Paris no es Manhattan ni Hannah y sus hermanas, pero es una digna sucesora de Desmontando a Harry o Todo lo demás. Ojalá no tengamos que esperar otros 6 años en disfrutar del maestro.

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