Red State: el mejor Kevin Smith

Nunca me ha gustado Kevin Smith. No me gusta su renombrada opera prima (Clerks) ni sus siguientes trabajos con Bob el Silencioso. Lo tenía por un tipo anclado en un peculiar sentido de la comedia, un humor que a mí no me arranca ninguna sonrisa. Lo único que me gustó fue esta charla sobre cómo no llego a dirigir Spiderman. Hilarante.

Por eso me sorprendió ver su nombre en el Festival de Sitges. Y aún más asombrado me quedé al descubrir que había logrado el premio a mejor película. Con cautela, con cierto reparo, me dispuse a verla. Y me encantó.

Red State es una película un tanto rara. Cada uno de sus tres actos (actos muy bien marcados, se agradece un poco de estructura de cuando en cuando) podría adscribirse a un género diferente. En el primero, el más flojo, conocemos a un grupo de adolescentes con más hambre de sexo que de hamburguesas. Hace 15 años hubieran trapicheado con revistas porno; ahora se enzarzan en chats con desconocidas que buscan sexo. La aventura, sin embargo, no les sale como habían esperado.

El segundo acto es soberbio. Podría haber sido escrito y rodado por el mismo Tarantino. Estamos en una iglesia de las que abundan en Estados Unidos. Pseudosectas fundadas por un iluminado que dentro de su edificio es el rey. En este caso, un rey rematadamente homófobo. Un señor al que la derecha más recalcitrante de EEUU repudia. Durante sus buenos 15 minutos este señor, muy bien interpretado por Michael Parks, suelta un discurso sobre los homosexuales, los peligros que suponen y el deber sagrado que tiene todo cristiano de terminar con ellos. Una docena de personas escucha sus palabras. Son su rebaño, pero también su familia. Detrás suyo, un homosexual está atado a una cruz. Es fácil imaginar cómo termina el ritual.

En el tercer acto, las fuerzas de asalto se enfrentan a esta panda de fanáticos. A la cabeza está un delgadísimo John Goodman. La frase “muere hasta el apuntador” se inventó para esta secuencia. Y, aun con todo, no es fácil imaginar cómo termina el tiroteo.

No tengo muy claro qué pintaba Red State en Sitges. No es una película fantástica ni de terror (a no ser que consideremos terror a estar rodeados de fanáticos religiosos). Sin embargo, me alegro de que estuviera programada. Así ha logrado una repercusión que de otra manera no hubiera tenido.

Tampoco sé cómo definirla. Es divertida, hipnótica, sarcástica, ácida, violenta… Todo eso y más. No se la pierdan.

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