House of Cards: las entrañas de la política

Las buenas series soportan el tiempo sin tambalearse. No importa el formato en el que estén rodadas, los primeros planos que delatan su edad o el acompañamiento de músicas ridículas. Si la historia es sólida, el resto no importa.

House of Cards (traducida como Castillo de Naipes) se estrenó en 1990 y sigue fresca y vigente. En su momento la emitió la BBC y ahora Netflix prepara su versión estadounidense. Podemos esperar a que se estrene en 2012 o podemos ver la versión original en Filmin. Yo lo tengo claro.

El protagonista de House of Cards es Francis Urquhart, el jefe del Partido Conservador en el Parlamento. Un veterano de la política que deja a Maquiavelo en un mero aprendiz. Los espectadores asistiremos a la acción a través de su mirada (a menudo a cámara, haciéndonos partícipes  de sus artimañas) y sus irónicos comentarios.

La primera de sus 3 cortas temporadas (rasgo propio de muchas producciones británicas) comienza con la designación de un Primer Ministro que sustituya a Margaret Thatcher. El elegido es un hombre de paja, un tipo blando, débil, lleno de flecos y vacío de ideas. El señor Urquhart espera la merecida carera ministerial… pero nunca llega.

A partir de entonces, Urquhart hará todo lo posible para hundir al Primer Ministro y, ya puestos, ocupar él mismo el número 10 de Downing Street. Con “todo lo posible” no me refiero elecciones limpias, debates televisados y columnas en el Times. Como un buen sucesor de Fouché, utilizará la mentira, el chantaje, la conspiración, el sexo, la droga, la violencia… todo lo que sea necesario para lograr su objetivo.

Y nosotros somos testigos, casi cómplices de sus tejemanejes. A cada rato mira a cámara y sonríe. ¿Acaso no hace bien? ¿Acaso no harían sus compañeros lo mismo de tener los medios adecuados? Pero si al principio nos resulta simpática esa mirada irónica, esa superioridad frente al resto de compañeros de partido, esa forma sutil de manipular al vecino para hundirlo y al mismo tiempo parecer imprescindible… al final de la primera temporada el señor Urquhart nos resulta odioso. La pregunta es: ¿qué hará una vez en el poder?

Los terrorífico de House of Cards es lo verosímil que puede llegar a ser. Bajo los trajes planchados y las sonrisas de los políticos, en ocasiones se esconden verdaderas hienas. Quizá también borrachos, ludópatas, cocainómanos, ladrones, mentirosos… Por supuesto, como repite el señor Urquhart: “Vosotros podéis pensar eso; yo no puedo hacer comentarios”.

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