Carlos: el terrorista viaja en Mercedes

La primera vez que vi Carlos lo hice en un solo día de julio de 2010. Ahora he vuelto a ver esta formidable película a lo largo de 3 noches, una por cada parte. Y me sigue pareciendo una obra inteligente, sólida y muy bien contada.

He escrito “película” pero en realidad Olivier Assayas montó su obra de dos formas diferentes: para cine (160 minutos) y para TV (330 minutos). Una estrategia similar a la escogida por Bergman en los 80 o poco después Raúl Ruiz con sus Misterios de Lisboa.

Carlos es Illich Ramírez, uno de los terroristas más famosos. Un venezolano criado en la URSS, partidario de Palestina y enemigo del imperialismo. Assayas recorre dos décadas de su vida, desde que se inicia en la lucha armada hasta que es capturado por los servicios secretos de Francia. Carlos llega a matar a un centenar de personas en diferentes atentados, pero al final es juzgado por los únicos muertos “accidentales”, dos policías que casi descubren su identidad.

Londres, París, La Haya, Viena, Hungría… Carlos recorre media Europa y siembra cadáveres a su paso. Se alía con buena parte de los grupos terroristas de la época: el Ejército Rojo de Japón, el Frente Popular para la Liberación de Palestina, el Baader Meinhof alemán, ETA… Tampoco hace ascos a la ayuda y protección de los servicios secretos sirios, soviéticos o alemanes (que en su lucha contra Occidente estaban dispuestos a utilizar a terroristas sin ningún pudor).

Gracias a sus relaciones con estas organizaciones, conocemos una parte de la historia de Europa y Oriente Medio durante la segunda mitad del siglo XX, nos asomamos a las cloacas de la política internacional. Quien crea que el mundo hoy es más violento que ayer, no tiene más que ver esta película. (Por cierto, qué diferente era la seguridad entonces. Parece increíble que alguien pudiera entrar en un aeropuerto con un lanzagranadas o asaltar a la reunión de la OPEP armado hasta los dientes)

Tras la caída del comunismo, Carlos se convierte en un apestado. Peor: en una curiosidad histórica. Nadie le quiere en su país, aquellos servicios secretos que antes le protegían no quieren ahora que se les relacione con él. El mundo ha cambiado, pero Carlos sigue en 1970.

El actor Edgar Ramírez se mete en la piel de Carlos y logra un resultado estupendo. Durante la película cambia varias veces de físico, engordando mucho en los periodos de inacción y poniéndose en forma de nuevo para preparar los atentados; también habla con fluidez español, inglés, árabe, francés… Siempre es recomendable ver las películas en vose; es esta ocasión es casi obligatorio.

Además, transmite muy bien la dualidad (o hipocresía) del personaje. Por un lado, Carlos dice que le gusta la vida pero adora la violencia; en un momento dado, dice que “las armas son para tocarlas”, que son “una extensión de mi cuerpo”. Después besa la pistola y recorre el cuerpo de una de sus amantes con una granada. Violencia y sexo van para él de la mano.

Olivier Assayas no mitifica al protagonista. A lo largo de la película lo presenta como alguien a quien sólo le apetece beber y acostarse con todas las chicas que puede (una de ellas interpretada por Juana Acosta, la pareja de Pepe Sancho de Crematorio). También le gusta el dinero. Carlos el antiimperialista, el marxista y el revolucionario llega a comprarse un Mercedes por su cumpleaños y a someterse a una liposucción.

Y es muy vanidoso. Carlos es consciente del poder de la imagen y le gusta ser el terrorista más conocido del mundo. Después del secuestro de los delegados de la OPEP, casi parece una estrellas del rock. Aparece en limusina, con gafas de sol y puro en la boca, lanza una mirada indolente a las cámaras e ignora a los periodistas que gritan su nombre…

El verdadero Carlos

La película de Assayas funciona a varios niveles. Puede verse como una película de acción (acompañada de una vigorosa banda sonora), como un estudio de un personaje  contradictorio, como una radiografía de un mundo que ya no existe… En cualquier caso, es una obra maestra.

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