El caballo de Turín: una experiencia bella y desoladora

Existen dos tipos de películas: las que basan su fuerza en el argumento y las que se apoyan en otros elementos. Las primeras son las más populares; cuando vamos al cine solemos fijarnos en la historia, en el manido “¿de qué va?”. Pero hay una minoría de directores que no se resignan a fotografiar un argumento, a contar una historia en imágenes. Quizá porque no sabrían cómo hacerlo. Son directores de culto, asiduos a festivales, conocidos por unos pocos cinéfilos (cada vez más, gracias a internet). Entre ellos se encuentra Béla Tarr.

Este señor comenzó su carrera en la Hungría comunista y presentó su novena película en Cannes. Allí anunció que no volvería a dirigir. Otros directores han hecho anuncios semejantes en los últimos años pero, a juzgar por sus películas, Béla Tarr lo dice en serio.

Podría resumirse El caballo de Turín de la siguiente manera: dos horas y media en blanco y negro, con planos larguísimos, pocos personajes y apenas cinco minutos de diálogo. O: dos horas y media de cine puro, de emociones, de belleza. Cada espectador escogerá una u otra descripción según sus gustos, según el bagaje cinematográfico que lleve a sus espaldas.

Bela Tarr nos lleva al Turín de finales del siglo XIX, a una casa de piedra aislada de todo en la que malviven un hombre medio inválido y su hija. Son pobres de solemnidad: sólo tienen un caballo, un pozo del que sacan agua y algo de ropa. Como alimento, patatas cocidas y un trago de licor para calentar el estómago.

La película comienza con un plano secuencia del hombre llevando el caballo a la casa en medio de una tormenta y termina con el fin del mundo. Entre estas dos escenas, los espectadores somos testigos de su rutina durante 6 días (los mismos que según la Biblia se tomó Dios para crear el mundo). Levantarse, vestir al padre, ir a por agua, dar de comer al caballo, luchar contra el viento (que Béla Tarr convierte en un personaje más), devorar las patatas, mirar por la ventana y acostarse. La mísera vida de millones de personas durante siglos. Esta rutina sólo se rompe por las señales de que algo malo va a ocurrir: los grillos callan, el caballo no quiere comer, el pozo se seca y un vecino irrumpe en la casa y suelta un monólogo apocalíptico.

Como decía al inicio del post, lo importante en  El caballo de Turín no es la historia, lo ue la convierte en una obra maestra es cómo está contada. Béla Tarr es un mago de la imagen. En dos horas y media sólo utiliza 30 planos, todos magníficos. Muchos directores utilizan largos planos para dárselas de modernos, de verdaderos autores; demasiadas veces sólo logran filmar planos fijos que aburren. Béla Tarr, en cambio, sabe mover la cámara como nadie. Sus planos secuencias son hipnóticos. Cuando comienza uno, parece que no sucede nada; al poco notamos que sí, que la cámara se mueve, muy despacio; entonces comienzan a moverse también los personajes, el director los persigue sin piedad durante minutos y minutos; cuando termina, cuando corta el plano, despertamos de nuestra ensoñación.

Es difícil describir un plano secuencia, mejor verlo en acción:

Estamos acostumbrados a un tipo de cine muy determinado y cuesta ver una película que no se ajusta a ese canon. En el cine sucede como en la literatura: hay que hacer un pequeño esfuerzo para leer los clásicos, pero la recompensa merece la pena.

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Un pensamiento en “El caballo de Turín: una experiencia bella y desoladora

  1. Cristian dice:

    Excelente película. Puede asustar un poco el estilo pero a mí me cautivó en todas las escenas, no importaba que no sucediera mucho, este director hizo magia con la cámara como bien decís.
    No conocía al director hasta ver esta película. Me voló la cabeza y me estoy viendo todo lo de él. Para lo último estoy dejando Satantango, que le tengo mucha fe.

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