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Somos lo que hay, o comer en familia en el DF

El canibalismo es el tema tabú por excelencia en el cine. Ahora mismo, sólo me viene a la cabeza una película que aborde el asunto: Braindead (tu madre se ha comido a mi perro). Pero era un film gore, no muy serio.

En Somos lo que hay, sin embargo, no hay ningún atisbo de humor. Como en Canino o La pianista, la historia está contada desde la sobriedad y con una cierta distancia. Esta elección de su director, Michel Grau, permite al espectador llegar a defender el modo de vida de sus personajes.

Somos lo que hay comienza con el fallecimiento de un padre de familia. Muere rodeado de gente en un centro comercial. O, lo que es lo mismo, en la más moderna soledad. La hija comunica la noticia a la madre y sus dos hermanos. Ninguno actúa como se esperaría: no lloran, no se apenan. Sólo se preocupan de cómo se alimentarán el día siguiente. Porque era el padre quien traía carne a la mesa. Literalmente.

Como en las buenas monarquías, a la muerte del patriarca se sucede la rivalidad entre los dos hermanos varones por ostentar el mando; los vanos intentos de la madre por preservar un resquicio de autoridad; y las venenosas palabras de la hermana, que quiere asegurarse su parcela de influencia. Y, como en las buenas monarquías las luchas intestinas acaban por destruir a la familia (tras llevarse a unos cuantos súbditos por el camino).

Somos lo que hay remite sin a Canino. Y también a La mosquitera. Juntas, forman una curiosa trilogía sobre la familia disfuncional del siglo XXI. Una familia muy diferente a la que mostraba Tod Solonz. Aquí no hay perversiones ni castigos. No hay culpables ni víctimas. Lo que hay es un grupo de personas viviendo de otra manera.

Sí, comen personas. Pero lo hacen en el México DF, donde la injusticia, la corrupción, la envidia y la muerte campan a sus anchas. Al policía que busca a los caníbales le ofrecen acostarse con una niña de 9 años en pago por su trabajo. Pero se plantea: ¿esos regalos no son exclusiva de políticos y banquero? En un momento de la película, el policía dice que hay mucha gente comiéndose entre sí en el DF. Los miembros de esta familia comen por necesidad, por costumbre. Porque son así. No lo hacen por maldad.

Su canibalismo es, en última instancia, una maldición. Viven para comer. Igual que nuestros ancestros salían de la cueva para cazar, ellos salen de una casa oscura y sucia únicamente para cazar. Una vez que la presa está en la mesa, la comen en familia. Después ejecutan un ritual sobre su cuerpo. Sólo así, como hacíamos miles de años atrás, tendrán suerte y comida el día siguiente.

No son tan diferentes al resto de nosotros.

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