Archivo de la categoría: Cine de USA

2001: Una odisea del espacio. Pura magia

Stanley Kubrick era un director atípico. Los guiones de sus películas no son magistrales y sus personajes no logran emocionar (y eso que presionaba a los actores hasta el límite de sus fuerzas). Sin embargo, es uno de los mejores directores de la historia. Tiene un “algo” que no sé definir; una capacidad para convertir una historia corriente en pura magia.

Es lo que sucede en 2001: A Space Odyssey. No es una película de ciencia ficción al uso y, tal vez por eso mismo, se ha convertido en un símbolo. Ha pasado medio siglo desde su rodaje y su fuerza sigue vigente. Sus planteamientos filosóficos, el uso de la música, los efectos especiales (que tan mal suelen envejecer)… Ninguno de sus elementos ha perdido un ápice de actualidad.

Todos hemos visto 2001, puede que varias veces. Pero como los verdaderos clásicos, cada vez que nos acercamos a ella descubrimos nuevas cosas. En esta ocasión (quizá la 5ª vez que la veo) he apreciado todavía más el uso de la música. Me ha fascinado la obra de Ligeti al inicio y la repetición del Zarathustra de Strauss en dos momentos de la película.

Sigo sin llegar a entenderla del todo, pero no me importa (aquí dan una explicación muy completa). Hay obras de arte que no deben ser analizadas, sino sentidas. Mientras la veía, imaginaba el shock que debió de producir en su estreno; quizá parecido al que este año ha producido The Tree of Life, la última obra de Terrence Malick. Ambas comparten ambición y temática (aunque considero muy superior la de Kubrick).

Nota: 9/10

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El hombre que mató a Liberty Valance: imprime la leyenda

El senador Ransom Stoddard (James Stewart) vuelve a un pueblo del oeste para celebrar el funeral de Tom Doniphon (John Wayne). Antes de despedirse de su amigo, relata a unos periodistas la verdadera historia de la muerte de Liberty Valance (Lee Marvin), un pistolero que tenía al pueblo aterrorizado.

El nombre de John Ford está unido para siempre al western. Suya es La Diligencia, que de algún modo inaugura el género; en ella está contenido todo el western que vendría después. Y suya también esta película, que viene a clausurar una forma de entender el mundo.

The man who shot Liberty Valance muestra un oeste en transición. Los cowboys dejan paso a los abogados, los territorios fuera de la ley a los estados integrados en la unión. James Stewart y John Wayne representan estas dos caras de la moneda. El primero es un abogado recién salido de la universidad que llega al pueblo con una bolsa cargada de libros; el segundo es un vaquero hábil con las armas y parco en palabras. En otras circunstancias, estos dos hombre ni se hubieran saludado, pero unirán sus destinos se unirán por la amenaza de Liberty Valance y el amor de una joven.

Quizá el mejor western de todos los tiempos. Así de sencillo. Dos horas de elegancia, contención, inteligencia y humanidad (aquellos que tachan a John Ford de fascista deberian ver sus películas con más atención). Su grandeza radica, tal vez, en que no es un western al uso. Atrás quedaron los grandes escenarios de Centauros del desierto, los indios no son una amenaza y el séptimo de caballería no viene a rescatar a ninguna dama en apuros. A cambio, la mayor parte de la última gran obra de Ford (moriría 9 años después) sucede en interiores y no hay disparos innecesarios. Toda la película es una oda a la civilización: una defensa de la igualdad entre personas, la primacía de las leyes sobre las balas y la libertad de prensa.

La ley del oeste ya no sirve, hay que enterrarla. Pero hay que hacerlo con estilo: cuando los hechos se convierten en leyenda, imprime la leyenda.

Nota: 10/10

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Carnage: civilización y barbarie

Un niño de 11 años golpea a otro y le rompe dos dientes. Los padres tratan de arreglar el asunto de forma pacífica y se reúnen en casa de la víctima para escribir un documento en el que se reconozca la culpa del agresor. Pero lo que empieza como una ejemplar resolución de problemas termina como el rosario de la aurora.

Yasmina Reza escribió esta obra de teatro en 2007 (traducida al español como Un Dios salvaje) y el año pasado Roman Polanski la trasladó a la pantalla con cuatro actores magníficos: Jodie Foster y John C. Reilly son los padres del niño agredido; Kate Winslet y Christoph Waltz los del agresor.

Al inicio de la película, Jodie Foster aparece como el modelo a seguir; liberal de clase media con fuerte conciencia social, lo suyo es la palabra (ella está escribiendo un libro sobre Darfur) y el arte (la mesa del salón está decorada con voluminosos catálogos de exposiciones). Por el contrario, Waltz es un tiburón, un hombre que defiende a las malvadas farmacéuticas (interrumpe la conversación a cada rato para hablar por el móvil con su empresa) y no se preocupa demasiado de su hijo. Foster y Waltz son quienes llevan la voz cantante en sus respectivas parejas; Reilly y Winslet son meras comparsas, sólo sirven para corroborar sus acciones. Al final de la película, sin embargo, los dos se rebelarán: no quieren vivir en esa farsa.

¿Está el ser humano limitado por las convenciones sociales? ¿Pervive en él un fuerte instinto violento? ¿Hasta qué punto los valores occidentales son los valores ideales? ¿Existe hoy en Nueva York o París la disyuntiva entre civilización y barbarie? ¿Y en Darfur? ¿La hipocresía es una cuestión de grado? Son algunas de las cuestiones que Carnage pone sobre la mesa. Pero no hay que equivocarse. No es una película de tesis, de arte y ensayo. Es una película violenta, donde las palabras se utilizan como armas y las miradas, gestos y silencios llegan a herir. Al final, es imposible no preguntarse ¿y dónde estoy yo?

No se la pierdan.

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Coda:

Sólo me gustan 2 películas de Polanski: Carnage y Death and the maiden. Las dos están basadas en obras de teatro y las dos transcurren en un espacio cerrado. No creo que sea casualidad.

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Red State: el mejor Kevin Smith

Nunca me ha gustado Kevin Smith. No me gusta su renombrada opera prima (Clerks) ni sus siguientes trabajos con Bob el Silencioso. Lo tenía por un tipo anclado en un peculiar sentido de la comedia, un humor que a mí no me arranca ninguna sonrisa. Lo único que me gustó fue esta charla sobre cómo no llego a dirigir Spiderman. Hilarante.

Por eso me sorprendió ver su nombre en el Festival de Sitges. Y aún más asombrado me quedé al descubrir que había logrado el premio a mejor película. Con cautela, con cierto reparo, me dispuse a verla. Y me encantó.

Red State es una película un tanto rara. Cada uno de sus tres actos (actos muy bien marcados, se agradece un poco de estructura de cuando en cuando) podría adscribirse a un género diferente. En el primero, el más flojo, conocemos a un grupo de adolescentes con más hambre de sexo que de hamburguesas. Hace 15 años hubieran trapicheado con revistas porno; ahora se enzarzan en chats con desconocidas que buscan sexo. La aventura, sin embargo, no les sale como habían esperado.

El segundo acto es soberbio. Podría haber sido escrito y rodado por el mismo Tarantino. Estamos en una iglesia de las que abundan en Estados Unidos. Pseudosectas fundadas por un iluminado que dentro de su edificio es el rey. En este caso, un rey rematadamente homófobo. Un señor al que la derecha más recalcitrante de EEUU repudia. Durante sus buenos 15 minutos este señor, muy bien interpretado por Michael Parks, suelta un discurso sobre los homosexuales, los peligros que suponen y el deber sagrado que tiene todo cristiano de terminar con ellos. Una docena de personas escucha sus palabras. Son su rebaño, pero también su familia. Detrás suyo, un homosexual está atado a una cruz. Es fácil imaginar cómo termina el ritual.

En el tercer acto, las fuerzas de asalto se enfrentan a esta panda de fanáticos. A la cabeza está un delgadísimo John Goodman. La frase “muere hasta el apuntador” se inventó para esta secuencia. Y, aun con todo, no es fácil imaginar cómo termina el tiroteo.

No tengo muy claro qué pintaba Red State en Sitges. No es una película fantástica ni de terror (a no ser que consideremos terror a estar rodeados de fanáticos religiosos). Sin embargo, me alegro de que estuviera programada. Así ha logrado una repercusión que de otra manera no hubiera tenido.

Tampoco sé cómo definirla. Es divertida, hipnótica, sarcástica, ácida, violenta… Todo eso y más. No se la pierdan.

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The tree of life: Terrence Malick se pasa de happy

Terence Malick no es un director al uso. En sus escasos trabajos ha dejado claro que su principal preocupación no es la historia, sino las imágenes. Su cine es un cine de emociones, de sentimientos. No hay que buscar argumentos estructurados, puntos de giro ni finales lógicos. Esta forma de entender el cine ha ido creciendo a lo largo de su carrera. Su opera prima, Badlands, es la película con más guión; hay, por supuesto, imágenes cuidadísimas y una voz en off muy particular que será marca de la casa; aun así, es su trabajo más accesible. The tree of life es todo lo contrario.

El argumento es muy sencillo: un hombre de mediana edad (un Sean Penn que no sabe muy bien qué pinta ahí), exitoso en su trabajo pero profundamente infeliz recuerda su infancia en un pueblo de Estados Unidos en los años 50. Su pasado es casi arquetípico: casa en un suburbio, padre trabajador, severo y ultrarreligioso (un creíble Brad Pitt), madre sumisa y perro para jugar en el jardín. En manos de otro director hubiera funcionado como una película en contra de la educación estricta, un canto al pasado bucólico, una oda a la familia… Pero Terrence Malick no se ciñe a la historia. Ni mucho menos.

Una parte sustancial del metraje lo dedica a mostrar su visión del origen del universo, de la Tierra y de la vida. Desde el Bing Bang al meteorito que pudo acabar con los dinosaurios. Eso en el primer tercio de la película. En los últimos minutos asistimos a una especie de apocalipsis. De nuevo, su particular versión del fin del mundo. Imágenes bonitas, acompañadas de grandes obras de la música clásica. Secuencias agradables de ver pero vacías. Me recuerdan a aquellos documentales en 3D que se podía ver en Futuroscope o la Expo de Sevilla.

El principal problema de The tree of life es que son dos horas y cuarto de planos preciosos. Tanto que acaban por cansar. Para apreciar la salud uno debe estar enfermo de cuando en cuando. Sucede lo mismo con el arte. Si Malick hubiera mostrado planos sucios, quizá hubieran calado más los bellos. Es todo tan bonito que ni siquiera el comportamiento del padre -gritos, golpes, castigos, órdenes más propias del ejército que de una familia- suscita emoción.

En su anterior película, The New World, Malick bordeó esta fina línea. Había belleza en todos los planos de los indios, pero contrastaba con la suciedad, el barro, la sangre de los ingleses que profanaban esas tierras. En The tree of life ese contraste se ha perdido.

El jurado de la última edición de Cannes decidió otorgarle la Palma de Oro. No entiendo las razones. Es, a mi juicio, su peor película. quizá, como en otras ocasiones, premiaran una trayectoria.

PD: Jonás Trueba opina parecido

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