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Sofía Coppola: valentía y coherencia

Hay un puñado de escritores, pintores, cineastas y músicos que son hijos de otros escritores, pintores, cineastas y músicos. A primera vista, es una ventaja: el aspirante a artista tiene en su salón una colección de libros, películas o discos, no tiene que arruinarse para adquirir ciertos conocimientos; tampoco debe preouparse de relacionarse con personalidades del mundillo, muy probablemente las conozca desde su infancia; finalmente, cuando quiera lanzarse a la piscina, su apellido saltará ciertas barreras que los Pérez y Martínez nunca lograrán escalar. Sergio del Molino escribió un estupendo artículo al respecto.

Esta teoría, que es cierta para la mayoría de los “hijos de” (sin que ellos tengan ninguna culpa, por supuesto), es completamente falsa en el caso de Sofía Coppola. Por decirlo a la brava: ser hija de Francis Ford Coppola es una putada maldición.

Francis y Sofía, Cannes 1979

El señor Coppola es un titán del cine; ha dirigido grandes películas y bodrios infumables; ha sido rico y pobre; ha conocido los halagos y la indiferencia; ha abrazado la vida y ha bordeado el suicidio. Como espectador, agradezco su trabajo, pero no me gustaría pasar un minuto en su casa.

Así que imagino que criarse a la sombra de Coppola no fue fácil ni agradable. Es muy posible que las ventajas antes señaladas quedaran anuladas por la simple presencia del director. La suya y la de los familiares, amigos, compañeros de trabajo y conocidos que frecuentaban aquella casa que en mi mente no se diferencia mucho de la mansión de Michael Corleone. Nunca se siente más la soledad que rodeado de gente.

Pero la directora ha sabido transformar estas vivencias en una serie de trabajos que, bajo apariencias muy diferentes, hablan de lo mismo. Todas sus películas tratan, en última instancia, de soledad, incomunicación y distanciamiento de la realidad.

Ya en su aparición como actriz en El Padrino III prefiguró lo que vendría años más tarde. Su trabajo fue duramente criticado; quizá no entendieron que esa apatía que mostraba en pantalla era lo que quería Coppola, lo que necesitaba la hija de un mafioso paranoico y lo único que podía hacer la hija de un director megalómano. En cualquier caso, hace poco he podido ver de nuevo la película y creo que su actuación es un acierto.

Ya detrás de la cámara, Sofía Coppola eligió adaptar una novela de relativo éxito: Las vírgenes suicidas. A mi juicio es su peor película pero aun así logra transmitir las sensaciones de las que antes he hablado. En ella, una fanática religiosa encierra a sus hijas adolescentes en el sótano para alejarlas de los peligros del mundo real, las drogas y el sexo; como el título indica, acaban por suicidarse. No es difícil imaginar a una Sofía de 13 años luchando por salir de la mansión de su padre, una peculiar prisión.

Con su siguiente película logró cerrar la boca a los críticos malintencionados y abrirla a millones de espectadores (en parte por la belleza de su protagonista). Lost in translation es una de las mejores películas de lo que llevamos de siglo. En ella se nos relata la truncada historia de amor entre un maduro actor de éxito aburrido de la vida y la novia de un fotógrafo que tiene olvidada a su chica. Objetivamente, a los dos les va muy bien, pero están muertos por dentro. Sofía Coppola no elige cualquier escenario, sino el Tokio menos tradicional, una megalópolis tecnológica donde nadie conoce a nadie. Estas dos personas serán unos peculiares náufragos que tratan sin éxito de aliviar su soledad. La historia de amor no fructifica pero sí logra algo muy importante: que recuerden la sensación se estar vivos.

Tras el abrumador éxito de Lost in translation, Coppola se lanzó a dirigir una película mucho más compleja: María Antonieta. Aquí relata la vida de la reina más famosa de Francia (interpretada con acierto por Kirsten Dunst) desde un punto de vista diferente. Ya no es una austríaca altiva sino una emigrante incomprendida; come pasteles porque no le dejan comer otra cosa; es agasajada desde el alba a la noche pero no logra encontrar un minuto para sí; quiere sexo y encuentra tradición; quiere amor y encuentra rituales; quiere amistad, pero sólo se topa con hipocresía. Como todos los protagonistas de Coppola, lo tiene todo y es infeliz. Al final de la película la vemos huir en carruaje y mirar por última vez el amanecer en Versalles. No entendió las razones de su llegada a Francia y no entiende por qué debe huir.

Es una película imperfecta, ambiciosa. Recibió duras críticas por el uso de la música: necedades. Si la hubiera dirigido Tarantino, la banda sonora habría arrasado en Amazon. Desde que la vi, no puedo desligar Plainsong de la escena en que los nuevos reyes descienden las escaleras del palacio.

Su última película, no estrenada en España, se titula Somewhere. Es su trabajo más difícil, más arriesgado y, por qué no, menos estadounidense. Bebe del cierto cine europeo y asiático (el de los planos largos y tiempos muertos) y logra un buen resultado. El argumento les sonará: un actor de éxito hastiado de todo y de todos descubre el valor de la vida tras pasar un par de semanas con su hija pequeña. Diferente piel, misma historia.

Coppola transmite el vacío del personaje, su aburrimiento vital, su hartazgo por los lujos y placeres… Y lo hace del modo más arriesgado: mostrando una y otra vez con planos larguísimos los intentos del personaje por disfrutar de su dinero. Al principio vemos a dos strippers rubias bailar alrededor de una barra; la cámara está quieta, y el plano dura y dura. También nosotros nos cansamos de ellas. Varias situaciones parecidas después, el protagonista acompaña a su hija (la maravillosa Elle Fanning) a patinaje. De nuevo, parecido plano: durante varios minutos vemos patinar a la niña; pero no aburre, al contrario; el actor se da cuenta de que por fin se interesa por algo. El último plano es semejante al de María Antonieta: una huida, aunque en este caso parece que tiene final prometedor.

La diferencia entre un buen profesional y un autor es que el profesional ejecuta con eficacia cualquier proyecto, por muy diferente que sea, mientras que el autor hace lo mismo una y otra vez. Mejor o peor expresada, siempre subyace la misma idea, las mismas obsesiones. En este sentido, Sofía Coppola es una autora. Una buena autora

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Sidney Lumet, el perfecto artesano

No todos los directores de cine son autores, no todos aspiran a ser Godard o Almodóvar. Hay muchos que sólo aspiran a hacer lo que se les da bien. Artesanos, se les llama. Personas que ejercen un oficio con dignidad y talento, que no aspiran a cambiar el rumbo del cine ni crear un mundo propio.

Hoy ha muerto uno de los mejores de estos artesanos. Y, por eso mismo, uno de los mejores directores de cine.

Sydney Lumet empezó en el oficio con fuerza. Dirigió 12 hombres sin piedad, una de las mejores películas “de juicios”. Ganó un premio en Berlín y lo nominaron por primera vez en los Oscar. Nunca ganaría el galardón por mejor director. Recibiría uno honorífico, quizá en compensación por tantos años de injusticia.

De su extensa filmografía, sólo he podido ver 7 películas. Dos de las mejores, a mi juicio, son Network y Veredicto final.

La primera es una crítica mordaz al mundo de la televisión. En su escena más memorable, el protagonista, presentador un programa, induce a los telespectadores a apagar la televisión, salir a la ventana y gritar que están hartos, que no van a aguantar más. (Aaron Sorkin copiaría esta escena en el inicio de Studio 60). Lamentablemente, no le hicimos caso y los ciudadanos tenemos que aguantar cada vez más.

Veredicto final es lo que sucede cuando se juntan 3 joyas: Paul Newman, David Mamet y el propio Lumet. Lo que podía ser una simple película de tribunales se convierte en un trabajo sobre el perdón, la posibilidad de redención y la vuelta de los infiernos. Imprescindible.

El último trabajo de Sydney Lumet no es tan brillante como éstos que acabo de nombrar; pero si serepara en que lo dirigió a los 80 años, se concluye que estamos ate una fuerza de la naturaleza. Antes de que el diablo sepa que has muerto es un complejo thriller que tiene como protagonistas (todos víctimas y verdugos al mismo tiempo) a los miembros de una misma familia. Infidelidades, drogas, robo, asesinato, dolor, traición… Todo esto interpretado por dos monstruos de la pantalla: Peter Finch y Philip Seymour Hoffman.

Lumet también tuvo tiempo y ganas de escribir un libro sobre su modo de trabajar. Así se hacen las películas no es una sucesión de dogmas o grandes ideas sobre el cine; al contrario, desmenuza punto por punto todos los elementos necesarios para construir una película. Guión, actores, decorados montaje, iluminación… Habla de todos las personas con respeto y espíritu de equipo. Al terminarlo, el lector comprende que es así como Lumet veía el cine. No sólo como una expresión artística, sino como un trabajo de equipo en el que el director es uno más.

Frete a tanto directo con ínfulas, Lumet era un señor con los pies en la tierra y el talento en las nubes. Echaremos de menos su siguiente película.

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