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White Heat: Cómo hemos cambiado

La BBC lo ha vuelto a hacer. Cada pocos meses emite una miniserie que da una vuelta de tuerca al género en cuestión. Después de las adaptaciones literarias, el thriller político, las sitcoms, los viajes al pasado nobiliario y las distopías, llega la serie sobre reencuentro de amigos. ¿Recuerdan Los amigos de Peter, Reencuentro o Pequeñas mentiras sin importancia? Pues la guionista Paula Milne ha mezclado estos argumentos con la estructura de un Cuéntame (pero honesto) y ha creado una miniserie emotiva, sincera y de calidad.

White Heat se abre con la llegada de Charlotte al piso donde murió una persona de la que, en tiempos, fue muy cercana. Poco a poco aparecen más amigos. Todos vivieron juntos durante una década, y luego mantuvieron el contacto durante otros 20 años. Ahora hace tiempo que no se hablan. La muerte de un miembro del grupo servirá como revulsivo para recordar el pasado, cerrar viejas heridas y hacer las paces consigo mismo.

Buena parte de la serie está dedicada a contar el pasado del grupo. Cada capítulo se centra en una época, y a través de los amigos vemos una radiografía de la Inglaterra del momento. Emancipación de la mujer, aborto, anticonceptivos, racismo, IRA, drogas, Margaret Thatcher, el declive de los liberales, la guerra de las Malvinas, la destrucción de los sindicatos… Todo aparece a lo lago de 6 capítulos, y lo hace de forma natural, fluida. El grupo cambia a lo largo de los años: también lo hace el mundo.

Como es habitual en las producciones británicas, a realización es elegante y los guiones muy trabajados. Los espectadores nos encariñamos de todos los personajes, sufrimos con ellos y sonreímos cuando les van bien las cosas. Al final es difícil aguantar la emoción. Una de las series del año, sin duda.

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The Walking Dead: nace el Leviatán

“La vida de los hombres es solitaria, pobre, sucia, brutal y corta”. El filósofo británico Thomas Hobbes escribió esta frase en el siglo XVII. Se refería a la vida en el estado de guerra, una hipotética situación anterior a la creación de los gobiernos; entonces no había leyes, ni ejércitos, ni cooperación entre las personas. Era el todos contra todos, sólo regía la ley del más fuerte.

No he podido quitarme a Hobbes de la cabeza mientras veía la segunda temporada de The Walking Dead. Como muchos, abandoné la serie en el capítulo 2×02 o 2×03. Aquello hacía aguas por todos los lados. No interesaban los personajes, casi no aparecían zombies y, lo peor de todo, aburría. No pensaba retomarla pero leí este artículo de Alberto Nahum y le di una segunda oportunidad. Me he tragado 9 capítulos en 48 horas.

Los que mandan en AMC -la cadena que produce la serie- se dieron cuenta de que estaban perdiendo espectadores y contrataron nuevos guionistas. Buena decisión. Los capítulos de la segunda parte de la temporada son magníficos, mejores incluso que los de la primera.

En ellos han dejado claro que The Walking Dead no es una serie de zombies; es una serie con zombies. En realidad, la serie trata sobre el debate entre civilización y barbarie. Los muertos vivientes son sólo una excusa, un punto de apoyo. En cierta medida, podrían sustituirlos por un holocausto nuclear o un naufragio.

En los últimos capítulos, el más anciano de los personajes, Dale, ejerce de conciencia del grupo. Debaten si matar o no a un joven de otro grupo. ¿Es una amenaza? ¿Está justificado su ahorcamiento? Dale defiende su vida, no quiere vivir en un mundo en el que se ejecute a quien no es de los nuestros.

Esta escena resume toda la temporada. La sociedad ha sido derribada, no hay estado. El monopolio de la violencia ha desaparecido y todo llevan armas para defenderse. ¿Hay que volver, entonces, a ese estado de guerra del que hablaba Hobbes? ¿O es posible, pese a todo, mantener ciertas reglas? ¿Caben la ley y el derecho en un mundo amenazado por zombies? ¿Cuánto vale una vida humana? ¿Y si no es de los nuestros?

Otro personaje se pregunta: ¿merece la pena vivir en un mundo amenazado por zombies? ¿Qué tipo de vida espera a quien nazca en ese mundo? Podría responderse que, en realidad, la mayor parte de la Historia ha sido así.

Lo que consideramos sociedad y civilización es un invento muy reciente. Durante milenios, los humanos no podían más que tratar de sobrevivir. El hambre y el frío eran constantes. También la violencia. Steven Pinker ha escrito un libro sobre este asunto; en cuestiones de violencia, cualquier tiempo pasado fue peor. La conquista Mongol, por ejemplo, acabó con la vida de 36 millones de personas; pero si trasladamos esta cifra a la escala de población del siglo XX, son 429 millones de muertos. Así, pues, el mundo que habitan los personajes de la serie no es una excepción; es la norma. Si nuestros antepasados no se suicidaron por pasar hambre o tener que estar en guardia todo el tiempo, ¿por qué iban a hacerlo Rick y compañía? Quizá porque se han acostumbrado a lo bueno…

La temporada se cierra con una frase lapidaria: “This is not a democracy anymore”. Estas palabras recuerdan el viejo debate entre democracia y estabilidad social. ¿Qué fue antes? ¿Es posible instaurar y mantener un sistema democrático en un lugar en el que la muerte acecha en cada esquina? ¿O es necesario un orden social y económico para plantearse siquiera un poder compartido? Hobbes argumentaba que para sobrevivir al estado de guerra los hombres deciden otorgar todo el poder a una institución: el Leviatán. Esta figura puede y debe ejercer el poder de forma dictatorial. Es la única forma de salir del estado de guerra y caminar hacia la civilización. Al final de la temporada vemos nacer a este Leviatán.

Los últimos capítulos remiten al “morir solos vivir juntos” de Lost, a los niños de El señor de las moscas… Estas y otras ficciones han tratado el mismo asunto: civilización o barbarie. Y al hacerlo, The Walking Dead sube un peldaño, se libra de la etiqueta “serie-de-zombies” para ser algo más. Ya lo dice el lema de AMC: “Story matters here”.

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Carlos: el terrorista viaja en Mercedes

La primera vez que vi Carlos lo hice en un solo día de julio de 2010. Ahora he vuelto a ver esta formidable película a lo largo de 3 noches, una por cada parte. Y me sigue pareciendo una obra inteligente, sólida y muy bien contada.

He escrito “película” pero en realidad Olivier Assayas montó su obra de dos formas diferentes: para cine (160 minutos) y para TV (330 minutos). Una estrategia similar a la escogida por Bergman en los 80 o poco después Raúl Ruiz con sus Misterios de Lisboa.

Carlos es Illich Ramírez, uno de los terroristas más famosos. Un venezolano criado en la URSS, partidario de Palestina y enemigo del imperialismo. Assayas recorre dos décadas de su vida, desde que se inicia en la lucha armada hasta que es capturado por los servicios secretos de Francia. Carlos llega a matar a un centenar de personas en diferentes atentados, pero al final es juzgado por los únicos muertos “accidentales”, dos policías que casi descubren su identidad.

Londres, París, La Haya, Viena, Hungría… Carlos recorre media Europa y siembra cadáveres a su paso. Se alía con buena parte de los grupos terroristas de la época: el Ejército Rojo de Japón, el Frente Popular para la Liberación de Palestina, el Baader Meinhof alemán, ETA… Tampoco hace ascos a la ayuda y protección de los servicios secretos sirios, soviéticos o alemanes (que en su lucha contra Occidente estaban dispuestos a utilizar a terroristas sin ningún pudor).

Gracias a sus relaciones con estas organizaciones, conocemos una parte de la historia de Europa y Oriente Medio durante la segunda mitad del siglo XX, nos asomamos a las cloacas de la política internacional. Quien crea que el mundo hoy es más violento que ayer, no tiene más que ver esta película. (Por cierto, qué diferente era la seguridad entonces. Parece increíble que alguien pudiera entrar en un aeropuerto con un lanzagranadas o asaltar a la reunión de la OPEP armado hasta los dientes)

Tras la caída del comunismo, Carlos se convierte en un apestado. Peor: en una curiosidad histórica. Nadie le quiere en su país, aquellos servicios secretos que antes le protegían no quieren ahora que se les relacione con él. El mundo ha cambiado, pero Carlos sigue en 1970.

El actor Edgar Ramírez se mete en la piel de Carlos y logra un resultado estupendo. Durante la película cambia varias veces de físico, engordando mucho en los periodos de inacción y poniéndose en forma de nuevo para preparar los atentados; también habla con fluidez español, inglés, árabe, francés… Siempre es recomendable ver las películas en vose; es esta ocasión es casi obligatorio.

Además, transmite muy bien la dualidad (o hipocresía) del personaje. Por un lado, Carlos dice que le gusta la vida pero adora la violencia; en un momento dado, dice que “las armas son para tocarlas”, que son “una extensión de mi cuerpo”. Después besa la pistola y recorre el cuerpo de una de sus amantes con una granada. Violencia y sexo van para él de la mano.

Olivier Assayas no mitifica al protagonista. A lo largo de la película lo presenta como alguien a quien sólo le apetece beber y acostarse con todas las chicas que puede (una de ellas interpretada por Juana Acosta, la pareja de Pepe Sancho de Crematorio). También le gusta el dinero. Carlos el antiimperialista, el marxista y el revolucionario llega a comprarse un Mercedes por su cumpleaños y a someterse a una liposucción.

Y es muy vanidoso. Carlos es consciente del poder de la imagen y le gusta ser el terrorista más conocido del mundo. Después del secuestro de los delegados de la OPEP, casi parece una estrellas del rock. Aparece en limusina, con gafas de sol y puro en la boca, lanza una mirada indolente a las cámaras e ignora a los periodistas que gritan su nombre…

El verdadero Carlos

La película de Assayas funciona a varios niveles. Puede verse como una película de acción (acompañada de una vigorosa banda sonora), como un estudio de un personaje  contradictorio, como una radiografía de un mundo que ya no existe… En cualquier caso, es una obra maestra.

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Spooks: los espías también lloran

Cuando me despido de una buena serie o un buen libro, cuando llega el final de una ficción que me ha acompañado durante semanas, meses o años, siempre me invade un cierto sentimiento de tristeza. Es lo que me ocurrió anoche con Spooks. Comencé a verla en 2009 y ayer terminé el último de sus 86 capítulos.

Vaya por delante: Spooks no lo parece, pero es una de las mejores series inglesas. No es perfecta, ni mucho menos; no tiene la inventiva de Sherlock ni la perfección técnica de Downton Abbey. A primera vista es otra serie de espías, pero conforme avanza la serie descubrimos muchas capas.

Los protagonistas de Spooks son los miembros de la Sección D del MI5, la rama interior del servicio secreto británico (su hermano, el MI6, se encarga de las operaciones en el extranjero). A la cabeza de esta sección se encuentra Harry Pearce, interpretado de forma soberbia por Peter Firth. El resto del grupo lo componen varios analistas, oficiales de campo y un par de informáticos que colaboran en las misiones hackeando ordenadores y diseñando micrófonos cuasi invisibles.

En las primeras temporadas, los personajes se enfrentan a un enemigo en cada capítulo: neonazis, ecologistas radicales, terroristas financieros… A medida que avanza la serie, los casos duran más y más capítulos, a veces temporadas enteras. La serie va ganando fuerza y complejidad. Un punto a favor es que los guionistas se nutren de la realidad para escribir las tramas. Se habla del 11S, de la muerte de Bin Laden, de la crisis, de la mutación del KGB, de la amistad interesada que ofrece Estados Unidos… Quizá por eso las amenazas a las que se enfrentan los protagonistas resultan tan creíbles. O, al menos, mucho más que en la mayoría de thrillers.

Como en toda serie procedimental, los guionistas mezclan el caso con las vidas de los personajes. ¿Cuál es la diferencia con un CSI o un Bones? La elegancia. Los ingleses saben lo que hacen. Las escenas fuera de las oficinas del MI5 nunca resultan forzadas; tampoco caen en la tentación de crear la típica relación amorosa entre personajes que una semana se odian y la siguiente se aman. Hay relaciones, pero son mucho más sutiles. Tal vez por eso, porque los personajes son dibujados con trazo muy fino, acabamos por empatizar con ellos mucho más de lo que es normal en este tipo de ficciones.

Casi al final de la serie, uno de los personajes (interpretado por la bella Lara Pulver, aka Irene Adler) se pregunta si es posible conjugar una vida normal con ese tipo de trabajo. Poco después, una de as analistas reflexiona sobre la influencia de las miles de mentiras que ha tenido que decir durante su etapa en el MI5. Estas dos reflexiones son el eje de la Spooks. No los atentados, ni las persecuciones, ni las virguerías informáticas. Lo que diferencia a Spooks de otras series procedimentales es que su mayor preocupación es la humanidad de los personajes. ¿Se puede ser un buen espía y no convertirse en una máquina de matar?

Si quieren averiguarlo, no se la pierdan.

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Las mejores series vistas en 2011

En el anterior post, seleccioné las mejores películas vistas este año; aquí quiero hablar de las mejores series. De nuevo, no me referiré sólo a las estrenadas en 2011. También advierto que hablaré de las series que he visto completas, así que se quedarán fuera joyas como Boss, Downton Abbey o Breaking Bad. Si escribiese sobre series en curso, estarían en el top 5.

Las mejores series vistas este 2011 son:

1. Crematorio


La apuesta de Canal + dio sus frutos. Por fin una serie española se aleja del realismo cañí para abordar una trama de corrupción y poder. José Sancho será ya para muchos Rubén Bartomeu, un constructor con modos mafiosos. No es perfecta pero ha abierto un camino que, espero, sigan los productores y televisiones de aquí.

2. Vientos de agua

No la vi cuando Tele5 la emitió y mejor así. Es una serie para degustar en el ordenador, sin las burdas interrupciones de la publicidad; para ver un capítulo cada dos semanas. Un despliegue de buenos guiones, inteligente montaje y maravillosos actores. Escribí una reseña más extensa aquí.

3. Marchlands

La pérfida albión nos ha regalado este año numerosas horas de felicidad. En este caso, se trata de la historia de 3 familias que residen en la misma casa en 3 décadas diferentes. El fantasma de una niña muerta unirá sus destinos. Una vuelta de tuerca al tradicional cuento de fantasmas en mansiones aisladas. Como siempre, la producción de los ingleses es impecable. Da sustos, sí; pero también emociona.

4. Black Mirror

Seguimos en las islas pero con un estilo muy diferente. Charlie Brooker nos traslada a un hipotético futuro en el que la tecnología está tan insertada en la vida humana que llega a anularla o suplantarla. Tres capítulos, tres horas que son más una tesis (¿qué pasaría si?) que una narración convencional. Esperemos que el bueno de Brooker sea peor vidente que escritor: yo no quiero vivir en el futuro que nos augura. Escribí una reseña del primer episodio aquí.

5. Misterios de Lisboa

El director chileno Raúl Ruiz dirigió esta maravilla y la montó de dos formas: como miniserie y como película (algo similar a lo que hizo Olivier Assayas con Carlos, una obra también muy recomendable). Es un culebrón protagonizado por la aristocracia del Portugal del siglo XIX, una serie río en la que aparecen y se cruzan decenas de personajes en una historia enredada. Amores imposibles, duelos, muertes prematuras, hijos bastardos… Todo eso tiene cabida aquí. ¿En qué se diferencia de un Falcon Crest cualquiera? En la dirección. Raúl Ruiz dirige como los ángeles. Sus planos son belleza pura. Ciertos directores escriben con la cámara, plano a plano suscitan una emoción similar a la producida por las notas de una sinfonía. Raúl Ruiz es uno de ellos. Tanto la serie como la película se pueden ver en Filmin

6. The Shield


Tiene 7 temporadas, y las vi en 2 meses escasos. Decir que engancha sería poco. Es una serie de policías, de tiros y persecuciones; pero también de personajes complejos, de radiografía de una sociedad difícil de arreglar. En su momento la comparé con The Wire y me cayeron palos; hoy volvería a ver las andanzas de Vick Mackey pero no creo que soportara las 5 temporadas de “la gran novela americana” (quizá la segunda y la quinta).

7. The Sopranos

Este año vi la serie completa por segunda vez y estoy seguro de que antes de 2015 voveré a tragármela. Está en mi top 3 de series, junto con The West Wing y Six Feet Under. The Sopranos es, simplemente, perfecta. Lamenté mucho llegar al último capítulo. Aquí se puede leer la reseña que escribí en su momento.

8. Friends


¿Cuántas veces habré visto esta serie? Ni lo sé. Pero puedo recitar diálogos de memoria recordar secuencias enteras. Durante las noches de primavera me tragué las 10 temporadas, por primera vez en vose. Es la mejor comedia jamás escrita. Así se sencillo.

9. State of Play


Volvemos a Inglaterra, a la redacción de un periódico tipo The Guardian. Desde allí, un valiente (o inconsciente) periodista trata de destapar un caso de corrupción en el que está implicado un amigo y su antigua novia. Seis horas de cine, de periodismo, de política… Quizá la mejor serie de UK, y eso es mucho decir. Escribí una reseña más extensa aquí.

10. Rubicon


El patito feo de AMC resultó ser una maravilla. Un thriller político, casi psicológico, en el que se insinúa una conspiración a nivel mundial. La clave de esta serie es insinuar, nunca mostrar. Fue su gran acierto y, me temo, la casa de su prematura defunción. Sólo podemos ver una temporada pero es mejor que mil y una películas del género made in Hollywood.

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