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White Heat: Cómo hemos cambiado

La BBC lo ha vuelto a hacer. Cada pocos meses emite una miniserie que da una vuelta de tuerca al género en cuestión. Después de las adaptaciones literarias, el thriller político, las sitcoms, los viajes al pasado nobiliario y las distopías, llega la serie sobre reencuentro de amigos. ¿Recuerdan Los amigos de Peter, Reencuentro o Pequeñas mentiras sin importancia? Pues la guionista Paula Milne ha mezclado estos argumentos con la estructura de un Cuéntame (pero honesto) y ha creado una miniserie emotiva, sincera y de calidad.

White Heat se abre con la llegada de Charlotte al piso donde murió una persona de la que, en tiempos, fue muy cercana. Poco a poco aparecen más amigos. Todos vivieron juntos durante una década, y luego mantuvieron el contacto durante otros 20 años. Ahora hace tiempo que no se hablan. La muerte de un miembro del grupo servirá como revulsivo para recordar el pasado, cerrar viejas heridas y hacer las paces consigo mismo.

Buena parte de la serie está dedicada a contar el pasado del grupo. Cada capítulo se centra en una época, y a través de los amigos vemos una radiografía de la Inglaterra del momento. Emancipación de la mujer, aborto, anticonceptivos, racismo, IRA, drogas, Margaret Thatcher, el declive de los liberales, la guerra de las Malvinas, la destrucción de los sindicatos… Todo aparece a lo lago de 6 capítulos, y lo hace de forma natural, fluida. El grupo cambia a lo largo de los años: también lo hace el mundo.

Como es habitual en las producciones británicas, a realización es elegante y los guiones muy trabajados. Los espectadores nos encariñamos de todos los personajes, sufrimos con ellos y sonreímos cuando les van bien las cosas. Al final es difícil aguantar la emoción. Una de las series del año, sin duda.

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Spooks: los espías también lloran

Cuando me despido de una buena serie o un buen libro, cuando llega el final de una ficción que me ha acompañado durante semanas, meses o años, siempre me invade un cierto sentimiento de tristeza. Es lo que me ocurrió anoche con Spooks. Comencé a verla en 2009 y ayer terminé el último de sus 86 capítulos.

Vaya por delante: Spooks no lo parece, pero es una de las mejores series inglesas. No es perfecta, ni mucho menos; no tiene la inventiva de Sherlock ni la perfección técnica de Downton Abbey. A primera vista es otra serie de espías, pero conforme avanza la serie descubrimos muchas capas.

Los protagonistas de Spooks son los miembros de la Sección D del MI5, la rama interior del servicio secreto británico (su hermano, el MI6, se encarga de las operaciones en el extranjero). A la cabeza de esta sección se encuentra Harry Pearce, interpretado de forma soberbia por Peter Firth. El resto del grupo lo componen varios analistas, oficiales de campo y un par de informáticos que colaboran en las misiones hackeando ordenadores y diseñando micrófonos cuasi invisibles.

En las primeras temporadas, los personajes se enfrentan a un enemigo en cada capítulo: neonazis, ecologistas radicales, terroristas financieros… A medida que avanza la serie, los casos duran más y más capítulos, a veces temporadas enteras. La serie va ganando fuerza y complejidad. Un punto a favor es que los guionistas se nutren de la realidad para escribir las tramas. Se habla del 11S, de la muerte de Bin Laden, de la crisis, de la mutación del KGB, de la amistad interesada que ofrece Estados Unidos… Quizá por eso las amenazas a las que se enfrentan los protagonistas resultan tan creíbles. O, al menos, mucho más que en la mayoría de thrillers.

Como en toda serie procedimental, los guionistas mezclan el caso con las vidas de los personajes. ¿Cuál es la diferencia con un CSI o un Bones? La elegancia. Los ingleses saben lo que hacen. Las escenas fuera de las oficinas del MI5 nunca resultan forzadas; tampoco caen en la tentación de crear la típica relación amorosa entre personajes que una semana se odian y la siguiente se aman. Hay relaciones, pero son mucho más sutiles. Tal vez por eso, porque los personajes son dibujados con trazo muy fino, acabamos por empatizar con ellos mucho más de lo que es normal en este tipo de ficciones.

Casi al final de la serie, uno de los personajes (interpretado por la bella Lara Pulver, aka Irene Adler) se pregunta si es posible conjugar una vida normal con ese tipo de trabajo. Poco después, una de as analistas reflexiona sobre la influencia de las miles de mentiras que ha tenido que decir durante su etapa en el MI5. Estas dos reflexiones son el eje de la Spooks. No los atentados, ni las persecuciones, ni las virguerías informáticas. Lo que diferencia a Spooks de otras series procedimentales es que su mayor preocupación es la humanidad de los personajes. ¿Se puede ser un buen espía y no convertirse en una máquina de matar?

Si quieren averiguarlo, no se la pierdan.

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Las mejores series vistas en 2011

En el anterior post, seleccioné las mejores películas vistas este año; aquí quiero hablar de las mejores series. De nuevo, no me referiré sólo a las estrenadas en 2011. También advierto que hablaré de las series que he visto completas, así que se quedarán fuera joyas como Boss, Downton Abbey o Breaking Bad. Si escribiese sobre series en curso, estarían en el top 5.

Las mejores series vistas este 2011 son:

1. Crematorio


La apuesta de Canal + dio sus frutos. Por fin una serie española se aleja del realismo cañí para abordar una trama de corrupción y poder. José Sancho será ya para muchos Rubén Bartomeu, un constructor con modos mafiosos. No es perfecta pero ha abierto un camino que, espero, sigan los productores y televisiones de aquí.

2. Vientos de agua

No la vi cuando Tele5 la emitió y mejor así. Es una serie para degustar en el ordenador, sin las burdas interrupciones de la publicidad; para ver un capítulo cada dos semanas. Un despliegue de buenos guiones, inteligente montaje y maravillosos actores. Escribí una reseña más extensa aquí.

3. Marchlands

La pérfida albión nos ha regalado este año numerosas horas de felicidad. En este caso, se trata de la historia de 3 familias que residen en la misma casa en 3 décadas diferentes. El fantasma de una niña muerta unirá sus destinos. Una vuelta de tuerca al tradicional cuento de fantasmas en mansiones aisladas. Como siempre, la producción de los ingleses es impecable. Da sustos, sí; pero también emociona.

4. Black Mirror

Seguimos en las islas pero con un estilo muy diferente. Charlie Brooker nos traslada a un hipotético futuro en el que la tecnología está tan insertada en la vida humana que llega a anularla o suplantarla. Tres capítulos, tres horas que son más una tesis (¿qué pasaría si?) que una narración convencional. Esperemos que el bueno de Brooker sea peor vidente que escritor: yo no quiero vivir en el futuro que nos augura. Escribí una reseña del primer episodio aquí.

5. Misterios de Lisboa

El director chileno Raúl Ruiz dirigió esta maravilla y la montó de dos formas: como miniserie y como película (algo similar a lo que hizo Olivier Assayas con Carlos, una obra también muy recomendable). Es un culebrón protagonizado por la aristocracia del Portugal del siglo XIX, una serie río en la que aparecen y se cruzan decenas de personajes en una historia enredada. Amores imposibles, duelos, muertes prematuras, hijos bastardos… Todo eso tiene cabida aquí. ¿En qué se diferencia de un Falcon Crest cualquiera? En la dirección. Raúl Ruiz dirige como los ángeles. Sus planos son belleza pura. Ciertos directores escriben con la cámara, plano a plano suscitan una emoción similar a la producida por las notas de una sinfonía. Raúl Ruiz es uno de ellos. Tanto la serie como la película se pueden ver en Filmin

6. The Shield


Tiene 7 temporadas, y las vi en 2 meses escasos. Decir que engancha sería poco. Es una serie de policías, de tiros y persecuciones; pero también de personajes complejos, de radiografía de una sociedad difícil de arreglar. En su momento la comparé con The Wire y me cayeron palos; hoy volvería a ver las andanzas de Vick Mackey pero no creo que soportara las 5 temporadas de “la gran novela americana” (quizá la segunda y la quinta).

7. The Sopranos

Este año vi la serie completa por segunda vez y estoy seguro de que antes de 2015 voveré a tragármela. Está en mi top 3 de series, junto con The West Wing y Six Feet Under. The Sopranos es, simplemente, perfecta. Lamenté mucho llegar al último capítulo. Aquí se puede leer la reseña que escribí en su momento.

8. Friends


¿Cuántas veces habré visto esta serie? Ni lo sé. Pero puedo recitar diálogos de memoria recordar secuencias enteras. Durante las noches de primavera me tragué las 10 temporadas, por primera vez en vose. Es la mejor comedia jamás escrita. Así se sencillo.

9. State of Play


Volvemos a Inglaterra, a la redacción de un periódico tipo The Guardian. Desde allí, un valiente (o inconsciente) periodista trata de destapar un caso de corrupción en el que está implicado un amigo y su antigua novia. Seis horas de cine, de periodismo, de política… Quizá la mejor serie de UK, y eso es mucho decir. Escribí una reseña más extensa aquí.

10. Rubicon


El patito feo de AMC resultó ser una maravilla. Un thriller político, casi psicológico, en el que se insinúa una conspiración a nivel mundial. La clave de esta serie es insinuar, nunca mostrar. Fue su gran acierto y, me temo, la casa de su prematura defunción. Sólo podemos ver una temporada pero es mejor que mil y una películas del género made in Hollywood.

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Black Mirror: la ficción en la era iPad

Se ha convertido en un mantra decir que “la mejor ficción se hace en la HBO”. Esto podía ser realidad hace unos años, cuando empezó el actual boom de las series. Ahora, sin embargo, creo que la mejor ficción la hacen un puñado de creadores británicos. En el podium están Paul Abbott (State of Play, Exile), Steve Mofatt (Coupling, Jekyll, Sherlock) y, desde esta semana, Charlie Brooker.

Este señor fue el responsable de Dead Set, una serie que en la superficie parecía ser la enésima vuelta de tuerca del mundo zombie pero que en realidad era un feroz ataque a los reality shows. Después escribió un documental llamado Cómo la TV ha arruinado tu vida, y presentó un par de late nights satíricos. Ahora vuelve a la carga con Black Mirror, una miniserie de 3 capítulos que, cosa nada fácil en estos tiempos, sorprende.

Estamos en Inglaterra, en un cercano futuro. La revolución digital es un hecho pero la monarquía sigue existiendo. El primer episodio comienza con un vídeo. La princesa Sussanah (llamada “princesa de Facebook”, una suerte de Lady Di del siglo XXI) ha sido secuestrada y explica en un vídeo que será asesinada en unas horas si el primer ministro no paga un peculiar rescate. Lo que en 24 sería una sucesión de disparos, grtitos y muertes y en The West Wing un conflicto políitco y muchas negociaciones secretas, se convierte aquí en un inteligente estudio sobre los medios de comunicación.

En un tiempo en el que todo el mundo lleva un smartphone en el bolsillo y tuitea a cada instante, la noticia se esparce como un virus. Medio planeta está pendiente de su pantalla (de TV, de PC, de iPad..) para ver qué ocurrirá con la princesa. Los tiempos han cambiado, el terrorismo ha sabido aprovechar la tecnología y el gobierno que no se adapte morirá. Contener la información ya no es posible y la opinión pública puede variar en unos minutos a causa de un vídeo subido a Youtube.

No revelaré el final del asunto. Merece la pena ver Back Mirror. Mucho. A partir de hoy, Charlie Brooker es otro grande a seguir.

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House of Cards: las entrañas de la política

Las buenas series soportan el tiempo sin tambalearse. No importa el formato en el que estén rodadas, los primeros planos que delatan su edad o el acompañamiento de músicas ridículas. Si la historia es sólida, el resto no importa.

House of Cards (traducida como Castillo de Naipes) se estrenó en 1990 y sigue fresca y vigente. En su momento la emitió la BBC y ahora Netflix prepara su versión estadounidense. Podemos esperar a que se estrene en 2012 o podemos ver la versión original en Filmin. Yo lo tengo claro.

El protagonista de House of Cards es Francis Urquhart, el jefe del Partido Conservador en el Parlamento. Un veterano de la política que deja a Maquiavelo en un mero aprendiz. Los espectadores asistiremos a la acción a través de su mirada (a menudo a cámara, haciéndonos partícipes  de sus artimañas) y sus irónicos comentarios.

La primera de sus 3 cortas temporadas (rasgo propio de muchas producciones británicas) comienza con la designación de un Primer Ministro que sustituya a Margaret Thatcher. El elegido es un hombre de paja, un tipo blando, débil, lleno de flecos y vacío de ideas. El señor Urquhart espera la merecida carera ministerial… pero nunca llega.

A partir de entonces, Urquhart hará todo lo posible para hundir al Primer Ministro y, ya puestos, ocupar él mismo el número 10 de Downing Street. Con “todo lo posible” no me refiero elecciones limpias, debates televisados y columnas en el Times. Como un buen sucesor de Fouché, utilizará la mentira, el chantaje, la conspiración, el sexo, la droga, la violencia… todo lo que sea necesario para lograr su objetivo.

Y nosotros somos testigos, casi cómplices de sus tejemanejes. A cada rato mira a cámara y sonríe. ¿Acaso no hace bien? ¿Acaso no harían sus compañeros lo mismo de tener los medios adecuados? Pero si al principio nos resulta simpática esa mirada irónica, esa superioridad frente al resto de compañeros de partido, esa forma sutil de manipular al vecino para hundirlo y al mismo tiempo parecer imprescindible… al final de la primera temporada el señor Urquhart nos resulta odioso. La pregunta es: ¿qué hará una vez en el poder?

Los terrorífico de House of Cards es lo verosímil que puede llegar a ser. Bajo los trajes planchados y las sonrisas de los políticos, en ocasiones se esconden verdaderas hienas. Quizá también borrachos, ludópatas, cocainómanos, ladrones, mentirosos… Por supuesto, como repite el señor Urquhart: “Vosotros podéis pensar eso; yo no puedo hacer comentarios”.

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