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Alps: ¿es Giorgos Lanthimos un impostor?

El director Giorgos Lanthimos sorprendió en 2009 a los cinéfilos europeos con una pequeña joya que aquí se tradujo como Canino. En ella bebía del extrañamiento de Bertolt Brecht, de la dureza de Michael Haneke y del humor de Kafka para presentar a una familia que quiere ser tan perfecta que termina por convertirse en una aberración. Canino tenía una segunda lectura política: es muy fácil caer en la dictadura.

Ahora Lanthimos ha rodado Alps. Su argumento es igual de extraño que el de Canino: un grupo de personas forman una “empresa” dedicada a suplantar a difuntos para ayudar a sus familiares a superar el duelo. El director opta de nuevo por una realización alejada de lo corriente: repeticiones de frases y gestos hasta vaciarlos de contenido, ausencia de música extradiegética y utilización de planos que producen incomodidad al espectador. Alps reúne todas las característica de película “de autor”, y ahí está el problema

Cuando vi Canino, pensé que había nacido un sucesor de Haneke, un director valiente capaz de hacer pensar al espectador. Mientras veía Alps, sin embargo, tenía la sensación de que Lanthimos nos había engañado. No era un autor, era un artesano que simula ser artista. Hay muchos directores que ruedan planos fijos larguísimos para parecer “artistas”, directores mediocres que viven de aparecer en festivales y engatusar a un puñado de críticos poco exigentes. No tengo claro si Lanthimos pertenece a esa categoría.

Alps es una buena película, tiene momentos brillantes y sus actores están formidables. Pero tengo la impresión de que se ha quedado en la superficie. Allí donde Canino ahondaba en la herida, Alps no hace más que retirar la venda un instante… para volverla a colocar encima.

Habrá que esperar al siguiente trabajo de Lanthimos para averiguar si es quien dice ser o, como sus personajes, sólo interpreta un papel.

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Somos lo que hay, o comer en familia en el DF

El canibalismo es el tema tabú por excelencia en el cine. Ahora mismo, sólo me viene a la cabeza una película que aborde el asunto: Braindead (tu madre se ha comido a mi perro). Pero era un film gore, no muy serio.

En Somos lo que hay, sin embargo, no hay ningún atisbo de humor. Como en Canino o La pianista, la historia está contada desde la sobriedad y con una cierta distancia. Esta elección de su director, Michel Grau, permite al espectador llegar a defender el modo de vida de sus personajes.

Somos lo que hay comienza con el fallecimiento de un padre de familia. Muere rodeado de gente en un centro comercial. O, lo que es lo mismo, en la más moderna soledad. La hija comunica la noticia a la madre y sus dos hermanos. Ninguno actúa como se esperaría: no lloran, no se apenan. Sólo se preocupan de cómo se alimentarán el día siguiente. Porque era el padre quien traía carne a la mesa. Literalmente.

Como en las buenas monarquías, a la muerte del patriarca se sucede la rivalidad entre los dos hermanos varones por ostentar el mando; los vanos intentos de la madre por preservar un resquicio de autoridad; y las venenosas palabras de la hermana, que quiere asegurarse su parcela de influencia. Y, como en las buenas monarquías las luchas intestinas acaban por destruir a la familia (tras llevarse a unos cuantos súbditos por el camino).

Somos lo que hay remite sin a Canino. Y también a La mosquitera. Juntas, forman una curiosa trilogía sobre la familia disfuncional del siglo XXI. Una familia muy diferente a la que mostraba Tod Solonz. Aquí no hay perversiones ni castigos. No hay culpables ni víctimas. Lo que hay es un grupo de personas viviendo de otra manera.

Sí, comen personas. Pero lo hacen en el México DF, donde la injusticia, la corrupción, la envidia y la muerte campan a sus anchas. Al policía que busca a los caníbales le ofrecen acostarse con una niña de 9 años en pago por su trabajo. Pero se plantea: ¿esos regalos no son exclusiva de políticos y banquero? En un momento de la película, el policía dice que hay mucha gente comiéndose entre sí en el DF. Los miembros de esta familia comen por necesidad, por costumbre. Porque son así. No lo hacen por maldad.

Su canibalismo es, en última instancia, una maldición. Viven para comer. Igual que nuestros ancestros salían de la cueva para cazar, ellos salen de una casa oscura y sucia únicamente para cazar. Una vez que la presa está en la mesa, la comen en familia. Después ejecutan un ritual sobre su cuerpo. Sólo así, como hacíamos miles de años atrás, tendrán suerte y comida el día siguiente.

No son tan diferentes al resto de nosotros.

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La mosquitera

Hay películas que tardan en calar, no es nuevo que salga del cine sin saber muy bien si los 6 euros estaban o no malgastados. Normalmente eso significa que la película me ha gustado, pero ya hace unos cuantos días que vi La mosquitera y todavía no tengo una opinión clara.

Su director, Agustí Vila, dice de ella que “es una comedia sobre la imposibilidad de la tragedia”, y niega cualquier parecido con Canino, la perturbadora película de Giorgos Lanthimos. Yo, sin embargo, no veo la comedia por ningún lado y sí el peso del griego.

Los protagonistas de La mosquitera son los miembros de una familia un tanto extraña. O, quizá, los extraños miembros de una familia burguesa normal. Veamos. La madre trata de ahuyentar el dolor hasta que es inevitable; el padre es un padre a medias; el abuelo quiere acabar con su vida; la abuela no habla; el hijo adolescente parece que tenga 10 años; la tía trata a su hija pequeña como si fuera adulta; y los animales tienen más derechos que los humanos.

¿Queda claro? Pues eso.

La mosquitera no tiene unatrama sólida, se compone más bien de escenas que forman un puzzle. Cada una de ellas nos muestra un aspecto del padre, de la madre, de la tía. Por sí solas podrían ser cortometrajes a la manera de un Haneke catalán. Juntos crean un cuadro extraño, desdibujado, sin sentido.

Lo que Agustí Vila sí logra es molestar al espectador, crearle un sentimiento de incomodidad, de perturbación. Mientras veía la película me revolvía en la silla, gesticulaba, aguantaba la respiración. Quizá fuera ése el objetivo del director.

Por cierto, quien quiera verla puede hacerlo en Filmin. Canino también está disponible.

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