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Celda 211

No todas las películas aguantan un segundo visionado. Si además se trata de cine de género, si no es la obra intransferible de un autor, éste número se reduce. A menudo descubrimos las costuras, los fallos de guión, nos aburrimos esperando a la escena por la que recordamos esa película… Sólo las verdaderamente buenas se sostienen. Celda 211 es una de ellas.

La primera vez que la vi, en una sala de cine, no sabía que estaba a punto de descubrir una de las mejores películas de los últimos 10 años. Tenía todas las dudas y prejuicios del mundo. La publicidad vendía la película como un thriller carcelario y ése género era incompatible con la palabra España. Aquí no se hacen películas de género, pensé. O, más bien, se hacen muy pocas y casi ninguna es sólida. Por fortuna, hay una tendencia creciente a desmentir esta frase; ahí están El orfanato, Los ojos de Julia o Pagafantas. Todas películas de género y todas muy sólidas.

Hace unos días me senté delante del ordenador a ver Celda 211 por segunda vez. Tenía la certeza de que no iba a terminarla, de que me aburriría a la media hora, de que, conociendo el final, no tenía ningún aliciente ver las hora y media anterior. De nuevo, me equivoqué.

Quizá porque ya conocía el desarrollo de la película, empaticé más con el protagonista. El funcionario de prisiones que quiere ir bien preparado el primer día de trabajo – y, por eso, va un día antes a la prisión- interpretado por Alberto Ammann merece toda mi comprensión. Sufrí con él cuando le tocaba sufrir y disfruté de sus pírricas victorias.

Pero hay más presos en esta cárcel. Me gustó mucho Vicente Romero en el papel de guardaespaldas oficioso de Malamadre. Ahora este actorazo interpreta un papel no muy diferente en Crematorio, la serie de Canal + sobre la corrupción. Y en ambos formatos lo borda. También convence Manuel Morón, quizá un tanto encasillado en el papel de funcionario gris, corrupto y, por qué no, hijodeputa.

De Luis Tosar, Malamadre, prefiero no escribir nada. Sobran las palabras.

El único fallo de la película, y creo que no soy el único que lo piensa, son los flashbacks. A lo largo de buena parte del metraje, Daniel Monzón interrumpe la acción de la cárcel para mostrarnos lo felices que son el protagonista y su mujer. No es necesario. Nos lo creemos sin verle.

En definitiva, una gran película de género.

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