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Todas las canciones hablan de mí: o en busca del tiempo perdido

Dicen que los extremos se tocan, para bien y para mal. Existen canciones tan ñoñas que son buenas, películas de serie b tan mal hechas que divierten, chicas tan pijas que resultan interesantes.

Algo parecido (me) sucede con Todas las canciones hablan de mí. Muchos de sus elementos, tomados de forma aislada, resultan forzados. Los planos largos, los textos a cámara, la voz en off, la música, los rótulos, las citas de Pizarnik y Pessoa, las referencias a la nouvelle vague y a Woody Allen… Sin embargo la combinación (excepto la voz en off) funciona. Sobre todo porque cada referencia, cada guiño está puesto a propósito.

Todos los cineastas copian; hay algunos que quieren disimular y otros que no. Jonás Trueba y su coguionista, Daniel Gascón, beben de ciertas fuentes, y no les importa gritarlo a los 4 vientos.

Mientras la veía, pensaba en el cine francés que salió de Cahiers du cinéma, en Annie Hall, en Opera prima, en Roma (de Aristarain)…

En la película vemos a un joven que ha cortado con su novia. ¿Por qué? Por todo y por nada. No importa. Durante dos horas asistimos a algunos momentos de los meses posteriores a la ruptura. Aquí no hay dolor, lágrimas ni gritos. El protagonista vaga por la ciudad y se plantea su futuro. Conocemos su pasado (poeta frustrado), su trabajo actual (en una librería de viejo), su forma de vida (aprendiz de bohemio) y su grupo de amigos (maravilloso el personaje de Lucas, interpretado por Bruno Bergonzini).

No hay una dirección determinada. La película, como su protagonista, no va hacia ningún sitio. Como en tantas películas europeas, es más una sucesión de escenas que un argumento definido. Algunas están muy bien planteadas, otras se quedan a mitad o dan menos de lo que podrían haber sido.

Quiera o no su director, Todas las canciones retrata a un segmento muy particular de una generación: los que frisamos la treintena. Este segmento es el que da más importancia a un libro de Kundera que a una aplicación de móvil, que manda cartas y no emails, que fuma en cafés y habla de música y cine con naturalidad.

Un generación que ya no existe.

Quizá por eso, y no por el argumento, la película tiene un poso de melancolía. Habla de lo que fue o de lo que algunos quisieron ser o les gustaría haber sido. Quizá por eso a buena parte de los espectadores no les guste. Presenta un mundo extraño, una forma de vida ligera y pueril para quien tiene un trabajo serio y una hipoteca. Quizá por eso me gustó a mí.

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