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De dioses y hombres, el poder maléfico de la fe mal entendida

La portada del último número de Cahiers du cinéma, versión española, está dedicada a De dioses y hombres. Como es natural, la calificaban de obra maestra. Pues no.

La película narra los últimos meses de vida de unos monjes trapenses en Argelia, a principios de los 90. En esa época el GIA campaba a sus anchas y, como después sucedería en otros lugares, los islamistas radicales mataban a todo aquel que no siguiese el Corán al pie de la letra. Estos monjes decidieron hacer caso omiso a las sugerencias del gobierno y se quedaron en su monasterio. Hasta que, una noche, los barbudos los secuestraron y, luego, los mataron.

La historia promete: terrorismo, héroes anónimos (o no tanto), dos formas opuestas de entender la religión y un final previsible pero emotivo. Sin embargo, hay fallos de estructura que lastran toda la película.

El primer tercio está dedicado a mostrar la vida cotidiana de estos monjes. A que el espectador empatice con ellos. Hay uno que trabaja el campo, otro que está muy enfermo, otro que da consejos progresistas a adolescentes musulmanas… Lo malo es que los monjes, cuando de verdad actúan como tales, no hacen otra cosa que rezar. Y eso, por mucho que se intente, no es cinematográfico. Con 15 minutos de vida cotidiana, bastaba.

Después sí entramos en materia, pero ya es demasiado tarde. Seguramente influirán mis nulas convicciones religiosas pero no logro sentir ninguna simpatía por estos mártires voluntarios. Y si no sintonizas con los protagonistas, mal.

El momento cumbre de la película llega casi al final, cuando los hombres se disponen a disfrutar de una cena que, presienten, será la última. El director la ha rodado a conciencia. A semejanza de la bíblica última cena, así comen estos hombres a punto de morir. Y entre ellos también habrá no uno, sino dos Judas; que votaron a favor de permanecer en el monasterio pero se ocultan bajo a cama a última hora. La cena está acompañada de la melodía de El lago de los cisnes, y la cámara captura los rostros en primer plano de los personajes como si de un espaguetti western se tratara. Varios minutos magníficos.

Después viene el final, a mi juicio muy mal montado. Una voz en off acompaña a las imágenes de monasterio vacío, muerto. Cuando la voz acaba, vemos el salón  antes habían cenado los monjes. Perfecto para terminar. Pero el director decidió añadir unos minutos más. Y así vemos cómo los terroristas escoltan a los monjes caminan por la nieve. Planos innecesarios y mórbidos.

Creo que los actores han hecho un buen trabajo. En especial el que interpreta el papel de médico, Michael Londsdale. Digo “creo” porque tuve que verla doblada al castellano. Uno de los peores doblajes que recuerdo. Alguien decidió que el espectador es estúpido y necesita que una voz lea en español hasta los títulos de los libros que aparecen en pantalla. En un momento dado, uno de los monjes escribe un texto ayudado de un puñado de libros de temática religiosa. Uno de ellos era el Corán. Así que la locutora dijo. “Corán”. Por otro lado, las voces de los monjes están dobladas a un español neutro, mientras que las de los islamistas tienen un extraño acento extranjero. Es lo usual, poner a los rusos y musulmanes con voces raras, pero no deja de ser molesto. Tengo la impresión de que si la hubiera visto en francés con subtítulos mi impresión sería más positiva.

Parafraseando a Rubalcaba, si me preguntan si es una buena película, digo que sí; si me preguntan si es una gran película, respondo que en ningún modo.

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