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White Heat: Cómo hemos cambiado

La BBC lo ha vuelto a hacer. Cada pocos meses emite una miniserie que da una vuelta de tuerca al género en cuestión. Después de las adaptaciones literarias, el thriller político, las sitcoms, los viajes al pasado nobiliario y las distopías, llega la serie sobre reencuentro de amigos. ¿Recuerdan Los amigos de Peter, Reencuentro o Pequeñas mentiras sin importancia? Pues la guionista Paula Milne ha mezclado estos argumentos con la estructura de un Cuéntame (pero honesto) y ha creado una miniserie emotiva, sincera y de calidad.

White Heat se abre con la llegada de Charlotte al piso donde murió una persona de la que, en tiempos, fue muy cercana. Poco a poco aparecen más amigos. Todos vivieron juntos durante una década, y luego mantuvieron el contacto durante otros 20 años. Ahora hace tiempo que no se hablan. La muerte de un miembro del grupo servirá como revulsivo para recordar el pasado, cerrar viejas heridas y hacer las paces consigo mismo.

Buena parte de la serie está dedicada a contar el pasado del grupo. Cada capítulo se centra en una época, y a través de los amigos vemos una radiografía de la Inglaterra del momento. Emancipación de la mujer, aborto, anticonceptivos, racismo, IRA, drogas, Margaret Thatcher, el declive de los liberales, la guerra de las Malvinas, la destrucción de los sindicatos… Todo aparece a lo lago de 6 capítulos, y lo hace de forma natural, fluida. El grupo cambia a lo largo de los años: también lo hace el mundo.

Como es habitual en las producciones británicas, a realización es elegante y los guiones muy trabajados. Los espectadores nos encariñamos de todos los personajes, sufrimos con ellos y sonreímos cuando les van bien las cosas. Al final es difícil aguantar la emoción. Una de las series del año, sin duda.

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Black Mirror: la ficción en la era iPad

Se ha convertido en un mantra decir que “la mejor ficción se hace en la HBO”. Esto podía ser realidad hace unos años, cuando empezó el actual boom de las series. Ahora, sin embargo, creo que la mejor ficción la hacen un puñado de creadores británicos. En el podium están Paul Abbott (State of Play, Exile), Steve Mofatt (Coupling, Jekyll, Sherlock) y, desde esta semana, Charlie Brooker.

Este señor fue el responsable de Dead Set, una serie que en la superficie parecía ser la enésima vuelta de tuerca del mundo zombie pero que en realidad era un feroz ataque a los reality shows. Después escribió un documental llamado Cómo la TV ha arruinado tu vida, y presentó un par de late nights satíricos. Ahora vuelve a la carga con Black Mirror, una miniserie de 3 capítulos que, cosa nada fácil en estos tiempos, sorprende.

Estamos en Inglaterra, en un cercano futuro. La revolución digital es un hecho pero la monarquía sigue existiendo. El primer episodio comienza con un vídeo. La princesa Sussanah (llamada “princesa de Facebook”, una suerte de Lady Di del siglo XXI) ha sido secuestrada y explica en un vídeo que será asesinada en unas horas si el primer ministro no paga un peculiar rescate. Lo que en 24 sería una sucesión de disparos, grtitos y muertes y en The West Wing un conflicto políitco y muchas negociaciones secretas, se convierte aquí en un inteligente estudio sobre los medios de comunicación.

En un tiempo en el que todo el mundo lleva un smartphone en el bolsillo y tuitea a cada instante, la noticia se esparce como un virus. Medio planeta está pendiente de su pantalla (de TV, de PC, de iPad..) para ver qué ocurrirá con la princesa. Los tiempos han cambiado, el terrorismo ha sabido aprovechar la tecnología y el gobierno que no se adapte morirá. Contener la información ya no es posible y la opinión pública puede variar en unos minutos a causa de un vídeo subido a Youtube.

No revelaré el final del asunto. Merece la pena ver Back Mirror. Mucho. A partir de hoy, Charlie Brooker es otro grande a seguir.

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Lights Out: la vida como un ring

El mundo del boxeo ha servido de escenario en numerosas películas. Toro Salvaje, Rocky o Million Dollar Baby han utilizado el ring como metáfora del mundo. Un lugar sucio, tramposo, en el que los puñetazos a veces se dan sin guantes, donde todos tratan de aprovecharse del boxeador, el único que recibe los golpes. El mismo deporte ha servido como poderosa metáfora de la vida: esforzarse al máximo, llevar cuerpo y mente al límite de sus fuerzas y luego luchar para no ser destruido.

La cadena FX retoma todo este imaginario, estas metáforas, para hablarnos del esperado regreso de Patrick “Lights” Leary, un antiguo campeón del mundo con serios problemas. Toda su familia vive del dinero conseguido en su última pelea, cinco años atrás. Pero el dinero se ha acabado y “Lights” sólo usa los puños para anunciar colchones en TV. Su única forma de recuperar el dinero y la dignidad es repetir su última pelea.

Lo mejor de Lights out, sin embargo, no son los puñetazos en el ring, sino las puñaladas que se suceden fuera de él. El protagonista es una vaca del que todos beben leche hasta dejarla seca. Su hermano es un mujeriego que ha perdido es apuestas el dinero ganado por su hermano; el padre es dueño de un gimnasio, pero él no puso el dinero para pagarlo: fue su hijo; lo mismo hizo la hermana, aunque en su caso montó un bar; la madre, desaparecida hace 20 años, sigue recibiendo cada mes cheques de su hijo, deseoso de recuperarla. Si a esta familia sumamos un promotor sin prejuicios, un mafioso interesad en ganar dinero a costa de los puñetazos de otros, un concejal corrupto, un periodista ávido de noticias jugosas y un entrenamos que quiere apartar a Lights de toda esa gente (uno de los mejores personajes) tenemos un cóctel que sólo puede acabar explotando.

Una breve escena sirve para definir de forma magistral a los dos hermanos. Estamos en las orillas de un río que 15 años atrás estuvo limpio y ahora sólo espumea desechos industriales; el padre trata de pescar para olvidar que uno de sus boxeadores ha perdido una importante pelea. Aparece “Lights”; el padre le dice que nunca le gustó pescar con él. Lights responde que nunca lograron sacar un pez del agua. El padre replica que su hermano sí lo hizo, muchas veces. La última respuesta de Lights es fulminante: su hermano los compraba en la pescadería. Es la diferencia entre uno y otro hermano: honestidad hasta en el fracaso frente a victorias fabricadas de trampas y mentiras.

Lights out consta de una temporada, trece capítulos. Es sólida, gana interés a medida que avanzamos y no tiene capítulos de transición. Sin embargo, produce una extraña impresión. La de que “está casi pero no”. Las escenas tienen fuerza pero les falta una pulida, una vuelta más. Parece que si hubieran dedicado 5 minutos más a cada una, serían geniales. Sobran frases y faltan silencios, miradas.

A pesar de ello, merece la pena.

PD. Gracias a @chacomorais por la recomendación.

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The Shield: ¿mejor que The Wire?

1.-

Se han gastado océanos de píxeles y bosques enteros para elogiar a The Wire. La han llamado Gran Novela Americana, tragedia griega, heredera de Balzac, de Shakespeare… Pues bien, aun a riesgo de ser quemado en la hoguera por hereje, me atrevo a decir que The Shield (creada por Shawn Ryan) la supera.

Imagino las caras de los lectores. “¿Qué dice este chalado? Seguro que sólo quiere provocar…”. Una cara parecida se me debió quedar al leer este post de Alberto Nahum en su blog Diamantes en serie. Y precisamente para rebatir o confirmar su teoría me puse a ver la serie.

Como decía sobre Primos, un buen método para evaluar la calidad de una película o serie es equilibrar lo que ofrece con lo que realmente da. Esta compleja relación está desequilibrada tanto en The Shield como en The Wire, pero con efectos totalmente opuestos.

The Wire es arrogante, orgullosa, ambiciosa; pretende ser la mejor serie de la TV, convertirse en un fresco de la sociedad actual a través de la descripción de un Baltimore inundado de crack… The Wire se toma a sí misma demasiado en serio: queda patente en los personajes autoconscientes, los planos trabajadísimos, la música elegida con sumo cuidado, los diálogos contundentes y casi poéticos…

Por el contrario, The Shield se ríe de sí misma. A primera vista sólo ofrece acción trepidante, disparos, gritos, policías golpeando puertas… El primer capítulo se pasa en un suspiro y parece que los personajes no han sido presentados de forma correcta, que no hay una trama sólida sino casos aislados… Y te preguntas ¿van a rellenar 7 temporadas así? En realidad trabajan con una estrategia diferente a la usada por The Wire. Parecen casos nimios, aislados, pero importan y mucho. Lo cierto es que ese piloto es mejor que el piloto de The Wire. En ese piloto está toda la serie.

2.-

The Shield narra durante 7 temporadas la caída de un equipo de policías en una comisaría de Los Ángeles menos glamuroso. Son el equipo de asalto y se encargan del trabajo sucio. Derribar puertas, perseguir a narcotraficantes armenios, interrogar a sospechosos mudos… Logran sus objetivos, reducen la tasa de criminalidad pero a costa de saltarse ciertas reglas.

Como el coronel Nathan Jessup en A few good men, el líder de este equipo, Vic Mackey, rechazará las acusaciones que le imputan: “Salvo vidas, meto a los malos en la cárcel, no cuestiones cómo lo hago”.

A esta trama central se suman tramas paralelas de compañeros de trabajo y superiores. Todas apasionantes: ambiciones políticas, investigaciones escabrosas, lucha de egos, batallas morales… Está todo.

Cada capítulo es una sucesión de muertes sin sentido, de horror, miedo y violencia. Aquí no hay belleza; es la pura realidad. A la comisaría legan violaciones, asesinatos, torturas, amputaciones, secuestros, robos… ¿Por qué? Por nada. Por hastío. Los narcos de The Wire tenían un motivo: eran carne de cañón, sólo tenían esa forma de sobrevivir. Pero la mayoría de los sujetos que llegan a esa comisaría tiene tanta motivación como la del asesino del rol.

Cada temporada supera a la anterior. Y esto se puede decir de muy pocas series. La mayoría tiene un bajón hacia mitad del recorrido; pero The Shield mejora y mejora hasta llegar a un final asombroso.

En el último capítulo de The Wire, se repasaba parte de la trama a través de la mirada de su personaje, se intercalaba imágenes de sus compañeros, de sus enemigos… Poco antes una de las policías había saludado a la flora y fauna de Baltimore en una bella escena que resumía el espíritu de la serie. Son estrategias perfectas pero, de nuevo, demasiado autoconscientes. The Shield termina con una mirada, un hombre pensando en el futuro y en el pasado. No hace falta mostrar lo que piensa. Lo sabemos, lo imaginamos.

Sólo una pega puedo ponerle: su estilo visual. Soy alérgico a los movimientos bruscos de cámara, al estilo Callejeros y demás realities. Prefiero un buen plano general con sus insertos y, ya si eso, una panorámica final. El estilo visual de The Wire me subyuga; al de The Shield he tenido que acostumbrarme.

3.-

Me gustaría dedicar unas líneas a perfilar los personajes más importantes de la serie.

  • Vic Mackey: Es Tony Soprano metido a policía. Y Shawn Ryan utiliza los mismos recursos narrativos para hacerlo atractivo. Vic mata, roba, miente, amenaza, tortura…y a pesar de todo ello le seguimos queriendo. ¿Por qué? Porque, en última instancia, lo hace por la familia.
  • Corrine Mackey: Es Carmela Soprano con valentía. Durante años acepta el dinero de su marido sin preguntar demasiado; pero tiene límites morales muy claros.
  • Shane Vendrell: Es un hombre torturado. Un niño que se mete en problemas por tener malas amistades; luego quiere salir… pero es demasiado tarde.
  • Mara Sewell: La esposa de Shane es la Yoko Ono del grupo de asalto. Sin ella todavía seguirían en la comisaría, pero desbarata todos los planes, destruye el futuro de mucha gente.
  • Dutch Wagenbach: Un profesional muy válido pero demasiado consciente de sus capacidades. Tanto que resulta ridículo y es incapaz de relacionarse de forma normal con sus compañeros. Si la comisaría fuera una secuela, Dutch sería el empollón al que le roban el bocadillo en el recreo (de hecho, se lo roban).
  • Claudette Wyms: La rectitud moral hecha persona. Si todos los humanos fuéramos como ella, el mundo sería un lugar más habitable… pero más aburrido. Al final de la serie es la única que no ha cometido ningún “pecado”. Está pura, y muy sola.
  • David Aceveda: Es un político sin escrúpulos. Es latino, pero no es Matt Santos. Hará todo lo necesario para llegar al poder. Incluso modificar distritos electorales para asegurarse la victoria (práctica llamada Gerrymandering). Sin saberlo es un títere de un cártel de la droga. Como en Baltimore, los narcos dominan la ciudad.

4.-

Empecé a ver The Wire hace ya unos años. Me costó cogerle el gusto a la serie, no entendía nada y no me acaba de enganchar. Terminé la quinta temporada (para mí, la mejor) este febrero. He intentado ver la cuarta 3 veces y no he llegar ni a la mitad.

Me descargué el piloto de The Shield en marzo y la terminé en mayo.

Algo querrá decir.

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State of Play: posiblemente, la mejor serie de la BBC

A primera vista, State of Play es un thriller político muy bien escrito. Como en los mejores ejemplos de este subgénero, hay un asesinato en apariencia trivial que lleva a descubrir una conspiración; la historia da muchos giros y quien parecía honrado es un canalla y los presuntos culpables sólo son probados cobardes. Hay acción, intriga y los habituales toques de romance y humor. Pero bajo esa apariencia, en realidad State of Play es un profundo canto al periodismo.

Tenemos un potente diario británico, The Herald (trasunto de The Guardian); un periodista dedicado a investigación que frecuenta más los pubs que la redacción; unos compañeros que sacrifican sus horas de sueño por un buen reportaje; un editor dispuesto a dejarse el pellejo por sacar la información pese a todas las presiones que le llegan; un grupo mediático más preocupado en conseguir favores del gobierno (dos licencias de radio) que en informar a los ciudadanos. En este thriller, los periodistas hacen las funciones de detectives, los editores de comisarios y el Gobierno… bueno, el Gobierno siempre intenta tapar la verdad y llenar los huecos con propaganda.

El tercer pilar de esta miniserie son los actores. Inmensos, entregados, creíbles, cercanos. Estamos muy mal acostumbrados en España: los actores de calidad trabajan en cine y sólo pisan la televisión por dinero (parece que hay una lenta tendencia al cambio). Pero la BBC es otra cosa. Quizá porque, como decía esta semana The Economist, la televisión pública “hace más por aumentar la calidad de vida en Gran Bretaña y la imagen del país en el exterior que muchas iniciativas del gobierno”. En cualquier caso, todas sus series -desde los dramas de época hasta las zambullidas en la fiebre zombi- están protagonizadas por grandes actores. Profesionales que no piensan que trabajar en TV sea rebajarse ni prostituirse por dinero. A nivel de interpretación, entre una película y una serie inglesa, me quedo con la serie. Y entre un rey tartamudo y el doctor Jekyll, me quedo con el segundo.

De todos los actores de State of Play destacaría dos: Bill Nighy, interpretando al cínico y al tiempo idealista editor, y Kelly Macdonald, mezcla de inocencia y astucia, con un fuerte acento escocés (aquí, sin embargo, se tiende a neutralizar el acento: hablan todos igual; el acento gallego, andaluz o aragonés sólo aflora como motivo de burla). Al primero lo vimos también en Love actually, en un papel no muy diferente, por cierto. En cuanto a Kelly MacDonald, será or mucho tiempo la amante de Nucky Thompson (Steve Buscemi) en Boardwalk Empire.

En los últimos años hemos soportado debates, tertulias y océanos de píxeles sobre el futuro del periodismo. State of Play puede servir de lección. Lo que esos señores hacen es periodismo. Así de sencillo. Quizá si nos dedicáramos a imitarles en lugar de copiar a tertulianos expertos-en-todo, el periodismo tendría más futuro.

Hollywood hizo un remake de la serie en formato de largometraje, con el sobrevalorado Russell Crowe de protagonista. Seguramente será un buen thriller, pero dudo que iguale a la miniserie. State of Play consta de 6 capítulos, en su emisión original. Los espectadores tardaron 6 semanas en recorrer la trama. Yo la he visto en un día. Es adictiva.

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