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Black Mirror: la ficción en la era iPad

Se ha convertido en un mantra decir que “la mejor ficción se hace en la HBO”. Esto podía ser realidad hace unos años, cuando empezó el actual boom de las series. Ahora, sin embargo, creo que la mejor ficción la hacen un puñado de creadores británicos. En el podium están Paul Abbott (State of Play, Exile), Steve Mofatt (Coupling, Jekyll, Sherlock) y, desde esta semana, Charlie Brooker.

Este señor fue el responsable de Dead Set, una serie que en la superficie parecía ser la enésima vuelta de tuerca del mundo zombie pero que en realidad era un feroz ataque a los reality shows. Después escribió un documental llamado Cómo la TV ha arruinado tu vida, y presentó un par de late nights satíricos. Ahora vuelve a la carga con Black Mirror, una miniserie de 3 capítulos que, cosa nada fácil en estos tiempos, sorprende.

Estamos en Inglaterra, en un cercano futuro. La revolución digital es un hecho pero la monarquía sigue existiendo. El primer episodio comienza con un vídeo. La princesa Sussanah (llamada “princesa de Facebook”, una suerte de Lady Di del siglo XXI) ha sido secuestrada y explica en un vídeo que será asesinada en unas horas si el primer ministro no paga un peculiar rescate. Lo que en 24 sería una sucesión de disparos, grtitos y muertes y en The West Wing un conflicto políitco y muchas negociaciones secretas, se convierte aquí en un inteligente estudio sobre los medios de comunicación.

En un tiempo en el que todo el mundo lleva un smartphone en el bolsillo y tuitea a cada instante, la noticia se esparce como un virus. Medio planeta está pendiente de su pantalla (de TV, de PC, de iPad..) para ver qué ocurrirá con la princesa. Los tiempos han cambiado, el terrorismo ha sabido aprovechar la tecnología y el gobierno que no se adapte morirá. Contener la información ya no es posible y la opinión pública puede variar en unos minutos a causa de un vídeo subido a Youtube.

No revelaré el final del asunto. Merece la pena ver Back Mirror. Mucho. A partir de hoy, Charlie Brooker es otro grande a seguir.

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Exile: avergonzando al diablo

Exile podría ser una continuación de State of play. Ambas miniseries han sido creadas por el mismo escritor: Paul Abbott. Las dos están protagonizadas por el mismo actor, John Simm; y en las dos ficciones interpreta a un periodista. Si en la primera trabajaba para un gran periódico y sus reportajes eran elogiados, en Exile ha degenerado, es una sombra de lo que fue. Demasiado alcohol, demasiada cocaína. Y demasiado mal periodismo.

En el primero de los tres capítulos, Tom es despedido, trata en vano de recuperar a su pareja y acaba refugiándose en su antigua casa. Pero tampoco su hogar es el que era. Su padre, antiguo periodista de raza, sufre alzheimer; y su hermana ha gastado su alegría y juventud cuidándole.

Lo que en principio parece ser una historia familiar (hijo pródigo vuelve a casa y, tras una etapa de luchas paternofiliales, acepta sus orígenes) se vuelve pronto un thriller político-periodístico. Igual que State of play, pero más oscuro. Después de años de escribir basura en periódicos sensacionalistas, desechando el lema de su padre (es tentador recordar las prácticas de News of the World mientras describe sus métodos de investigación), Tom encuentra por casualidad su mejor historia: la suya.

Como en las mayoría de las series británicas, la realización es exigente: buena música, luz muy cuidada, multitud de localizaciones y aprecio por los detalles. En cuanto a los actores, el protagonista es ya un viejo conocido (State of play, Wonderland, Mad dogs, Life on Mars); el padre está interpretado con ternura y dignidad por Jim Broadbent, al que hemos podido ver en la última película de Mike Leigh (por cierto, es una de sus mejores); y no falta el amigo amante de la cerveza que se equivocó de camino y nunca salió de la ciudad, interpretado de forma visceral por Shaoun Dooley.

La historia se sitúa en una pequeña ciudad de Inglaterra, pero bien podría situarse en Soria o Zaragoza. Si la ven entenderán por qué. Son 3 capítulos, menos de 3 horas. Y merecen la pena.

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State of Play: posiblemente, la mejor serie de la BBC

A primera vista, State of Play es un thriller político muy bien escrito. Como en los mejores ejemplos de este subgénero, hay un asesinato en apariencia trivial que lleva a descubrir una conspiración; la historia da muchos giros y quien parecía honrado es un canalla y los presuntos culpables sólo son probados cobardes. Hay acción, intriga y los habituales toques de romance y humor. Pero bajo esa apariencia, en realidad State of Play es un profundo canto al periodismo.

Tenemos un potente diario británico, The Herald (trasunto de The Guardian); un periodista dedicado a investigación que frecuenta más los pubs que la redacción; unos compañeros que sacrifican sus horas de sueño por un buen reportaje; un editor dispuesto a dejarse el pellejo por sacar la información pese a todas las presiones que le llegan; un grupo mediático más preocupado en conseguir favores del gobierno (dos licencias de radio) que en informar a los ciudadanos. En este thriller, los periodistas hacen las funciones de detectives, los editores de comisarios y el Gobierno… bueno, el Gobierno siempre intenta tapar la verdad y llenar los huecos con propaganda.

El tercer pilar de esta miniserie son los actores. Inmensos, entregados, creíbles, cercanos. Estamos muy mal acostumbrados en España: los actores de calidad trabajan en cine y sólo pisan la televisión por dinero (parece que hay una lenta tendencia al cambio). Pero la BBC es otra cosa. Quizá porque, como decía esta semana The Economist, la televisión pública “hace más por aumentar la calidad de vida en Gran Bretaña y la imagen del país en el exterior que muchas iniciativas del gobierno”. En cualquier caso, todas sus series -desde los dramas de época hasta las zambullidas en la fiebre zombi- están protagonizadas por grandes actores. Profesionales que no piensan que trabajar en TV sea rebajarse ni prostituirse por dinero. A nivel de interpretación, entre una película y una serie inglesa, me quedo con la serie. Y entre un rey tartamudo y el doctor Jekyll, me quedo con el segundo.

De todos los actores de State of Play destacaría dos: Bill Nighy, interpretando al cínico y al tiempo idealista editor, y Kelly Macdonald, mezcla de inocencia y astucia, con un fuerte acento escocés (aquí, sin embargo, se tiende a neutralizar el acento: hablan todos igual; el acento gallego, andaluz o aragonés sólo aflora como motivo de burla). Al primero lo vimos también en Love actually, en un papel no muy diferente, por cierto. En cuanto a Kelly MacDonald, será or mucho tiempo la amante de Nucky Thompson (Steve Buscemi) en Boardwalk Empire.

En los últimos años hemos soportado debates, tertulias y océanos de píxeles sobre el futuro del periodismo. State of Play puede servir de lección. Lo que esos señores hacen es periodismo. Así de sencillo. Quizá si nos dedicáramos a imitarles en lugar de copiar a tertulianos expertos-en-todo, el periodismo tendría más futuro.

Hollywood hizo un remake de la serie en formato de largometraje, con el sobrevalorado Russell Crowe de protagonista. Seguramente será un buen thriller, pero dudo que iguale a la miniserie. State of Play consta de 6 capítulos, en su emisión original. Los espectadores tardaron 6 semanas en recorrer la trama. Yo la he visto en un día. Es adictiva.

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