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2001: Una odisea del espacio. Pura magia

Stanley Kubrick era un director atípico. Los guiones de sus películas no son magistrales y sus personajes no logran emocionar (y eso que presionaba a los actores hasta el límite de sus fuerzas). Sin embargo, es uno de los mejores directores de la historia. Tiene un “algo” que no sé definir; una capacidad para convertir una historia corriente en pura magia.

Es lo que sucede en 2001: A Space Odyssey. No es una película de ciencia ficción al uso y, tal vez por eso mismo, se ha convertido en un símbolo. Ha pasado medio siglo desde su rodaje y su fuerza sigue vigente. Sus planteamientos filosóficos, el uso de la música, los efectos especiales (que tan mal suelen envejecer)… Ninguno de sus elementos ha perdido un ápice de actualidad.

Todos hemos visto 2001, puede que varias veces. Pero como los verdaderos clásicos, cada vez que nos acercamos a ella descubrimos nuevas cosas. En esta ocasión (quizá la 5ª vez que la veo) he apreciado todavía más el uso de la música. Me ha fascinado la obra de Ligeti al inicio y la repetición del Zarathustra de Strauss en dos momentos de la película.

Sigo sin llegar a entenderla del todo, pero no me importa (aquí dan una explicación muy completa). Hay obras de arte que no deben ser analizadas, sino sentidas. Mientras la veía, imaginaba el shock que debió de producir en su estreno; quizá parecido al que este año ha producido The Tree of Life, la última obra de Terrence Malick. Ambas comparten ambición y temática (aunque considero muy superior la de Kubrick).

Nota: 9/10

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The tree of life: Terrence Malick se pasa de happy

Terence Malick no es un director al uso. En sus escasos trabajos ha dejado claro que su principal preocupación no es la historia, sino las imágenes. Su cine es un cine de emociones, de sentimientos. No hay que buscar argumentos estructurados, puntos de giro ni finales lógicos. Esta forma de entender el cine ha ido creciendo a lo largo de su carrera. Su opera prima, Badlands, es la película con más guión; hay, por supuesto, imágenes cuidadísimas y una voz en off muy particular que será marca de la casa; aun así, es su trabajo más accesible. The tree of life es todo lo contrario.

El argumento es muy sencillo: un hombre de mediana edad (un Sean Penn que no sabe muy bien qué pinta ahí), exitoso en su trabajo pero profundamente infeliz recuerda su infancia en un pueblo de Estados Unidos en los años 50. Su pasado es casi arquetípico: casa en un suburbio, padre trabajador, severo y ultrarreligioso (un creíble Brad Pitt), madre sumisa y perro para jugar en el jardín. En manos de otro director hubiera funcionado como una película en contra de la educación estricta, un canto al pasado bucólico, una oda a la familia… Pero Terrence Malick no se ciñe a la historia. Ni mucho menos.

Una parte sustancial del metraje lo dedica a mostrar su visión del origen del universo, de la Tierra y de la vida. Desde el Bing Bang al meteorito que pudo acabar con los dinosaurios. Eso en el primer tercio de la película. En los últimos minutos asistimos a una especie de apocalipsis. De nuevo, su particular versión del fin del mundo. Imágenes bonitas, acompañadas de grandes obras de la música clásica. Secuencias agradables de ver pero vacías. Me recuerdan a aquellos documentales en 3D que se podía ver en Futuroscope o la Expo de Sevilla.

El principal problema de The tree of life es que son dos horas y cuarto de planos preciosos. Tanto que acaban por cansar. Para apreciar la salud uno debe estar enfermo de cuando en cuando. Sucede lo mismo con el arte. Si Malick hubiera mostrado planos sucios, quizá hubieran calado más los bellos. Es todo tan bonito que ni siquiera el comportamiento del padre -gritos, golpes, castigos, órdenes más propias del ejército que de una familia- suscita emoción.

En su anterior película, The New World, Malick bordeó esta fina línea. Había belleza en todos los planos de los indios, pero contrastaba con la suciedad, el barro, la sangre de los ingleses que profanaban esas tierras. En The tree of life ese contraste se ha perdido.

El jurado de la última edición de Cannes decidió otorgarle la Palma de Oro. No entiendo las razones. Es, a mi juicio, su peor película. quizá, como en otras ocasiones, premiaran una trayectoria.

PD: Jonás Trueba opina parecido

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