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The Shield: ¿mejor que The Wire?

1.-

Se han gastado océanos de píxeles y bosques enteros para elogiar a The Wire. La han llamado Gran Novela Americana, tragedia griega, heredera de Balzac, de Shakespeare… Pues bien, aun a riesgo de ser quemado en la hoguera por hereje, me atrevo a decir que The Shield (creada por Shawn Ryan) la supera.

Imagino las caras de los lectores. “¿Qué dice este chalado? Seguro que sólo quiere provocar…”. Una cara parecida se me debió quedar al leer este post de Alberto Nahum en su blog Diamantes en serie. Y precisamente para rebatir o confirmar su teoría me puse a ver la serie.

Como decía sobre Primos, un buen método para evaluar la calidad de una película o serie es equilibrar lo que ofrece con lo que realmente da. Esta compleja relación está desequilibrada tanto en The Shield como en The Wire, pero con efectos totalmente opuestos.

The Wire es arrogante, orgullosa, ambiciosa; pretende ser la mejor serie de la TV, convertirse en un fresco de la sociedad actual a través de la descripción de un Baltimore inundado de crack… The Wire se toma a sí misma demasiado en serio: queda patente en los personajes autoconscientes, los planos trabajadísimos, la música elegida con sumo cuidado, los diálogos contundentes y casi poéticos…

Por el contrario, The Shield se ríe de sí misma. A primera vista sólo ofrece acción trepidante, disparos, gritos, policías golpeando puertas… El primer capítulo se pasa en un suspiro y parece que los personajes no han sido presentados de forma correcta, que no hay una trama sólida sino casos aislados… Y te preguntas ¿van a rellenar 7 temporadas así? En realidad trabajan con una estrategia diferente a la usada por The Wire. Parecen casos nimios, aislados, pero importan y mucho. Lo cierto es que ese piloto es mejor que el piloto de The Wire. En ese piloto está toda la serie.

2.-

The Shield narra durante 7 temporadas la caída de un equipo de policías en una comisaría de Los Ángeles menos glamuroso. Son el equipo de asalto y se encargan del trabajo sucio. Derribar puertas, perseguir a narcotraficantes armenios, interrogar a sospechosos mudos… Logran sus objetivos, reducen la tasa de criminalidad pero a costa de saltarse ciertas reglas.

Como el coronel Nathan Jessup en A few good men, el líder de este equipo, Vic Mackey, rechazará las acusaciones que le imputan: “Salvo vidas, meto a los malos en la cárcel, no cuestiones cómo lo hago”.

A esta trama central se suman tramas paralelas de compañeros de trabajo y superiores. Todas apasionantes: ambiciones políticas, investigaciones escabrosas, lucha de egos, batallas morales… Está todo.

Cada capítulo es una sucesión de muertes sin sentido, de horror, miedo y violencia. Aquí no hay belleza; es la pura realidad. A la comisaría legan violaciones, asesinatos, torturas, amputaciones, secuestros, robos… ¿Por qué? Por nada. Por hastío. Los narcos de The Wire tenían un motivo: eran carne de cañón, sólo tenían esa forma de sobrevivir. Pero la mayoría de los sujetos que llegan a esa comisaría tiene tanta motivación como la del asesino del rol.

Cada temporada supera a la anterior. Y esto se puede decir de muy pocas series. La mayoría tiene un bajón hacia mitad del recorrido; pero The Shield mejora y mejora hasta llegar a un final asombroso.

En el último capítulo de The Wire, se repasaba parte de la trama a través de la mirada de su personaje, se intercalaba imágenes de sus compañeros, de sus enemigos… Poco antes una de las policías había saludado a la flora y fauna de Baltimore en una bella escena que resumía el espíritu de la serie. Son estrategias perfectas pero, de nuevo, demasiado autoconscientes. The Shield termina con una mirada, un hombre pensando en el futuro y en el pasado. No hace falta mostrar lo que piensa. Lo sabemos, lo imaginamos.

Sólo una pega puedo ponerle: su estilo visual. Soy alérgico a los movimientos bruscos de cámara, al estilo Callejeros y demás realities. Prefiero un buen plano general con sus insertos y, ya si eso, una panorámica final. El estilo visual de The Wire me subyuga; al de The Shield he tenido que acostumbrarme.

3.-

Me gustaría dedicar unas líneas a perfilar los personajes más importantes de la serie.

  • Vic Mackey: Es Tony Soprano metido a policía. Y Shawn Ryan utiliza los mismos recursos narrativos para hacerlo atractivo. Vic mata, roba, miente, amenaza, tortura…y a pesar de todo ello le seguimos queriendo. ¿Por qué? Porque, en última instancia, lo hace por la familia.
  • Corrine Mackey: Es Carmela Soprano con valentía. Durante años acepta el dinero de su marido sin preguntar demasiado; pero tiene límites morales muy claros.
  • Shane Vendrell: Es un hombre torturado. Un niño que se mete en problemas por tener malas amistades; luego quiere salir… pero es demasiado tarde.
  • Mara Sewell: La esposa de Shane es la Yoko Ono del grupo de asalto. Sin ella todavía seguirían en la comisaría, pero desbarata todos los planes, destruye el futuro de mucha gente.
  • Dutch Wagenbach: Un profesional muy válido pero demasiado consciente de sus capacidades. Tanto que resulta ridículo y es incapaz de relacionarse de forma normal con sus compañeros. Si la comisaría fuera una secuela, Dutch sería el empollón al que le roban el bocadillo en el recreo (de hecho, se lo roban).
  • Claudette Wyms: La rectitud moral hecha persona. Si todos los humanos fuéramos como ella, el mundo sería un lugar más habitable… pero más aburrido. Al final de la serie es la única que no ha cometido ningún “pecado”. Está pura, y muy sola.
  • David Aceveda: Es un político sin escrúpulos. Es latino, pero no es Matt Santos. Hará todo lo necesario para llegar al poder. Incluso modificar distritos electorales para asegurarse la victoria (práctica llamada Gerrymandering). Sin saberlo es un títere de un cártel de la droga. Como en Baltimore, los narcos dominan la ciudad.

4.-

Empecé a ver The Wire hace ya unos años. Me costó cogerle el gusto a la serie, no entendía nada y no me acaba de enganchar. Terminé la quinta temporada (para mí, la mejor) este febrero. He intentado ver la cuarta 3 veces y no he llegar ni a la mitad.

Me descargué el piloto de The Shield en marzo y la terminé en mayo.

Algo querrá decir.

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Wallander, la BBC se atreve con el policía sueco

Kenneth Brannagh fue uno de los primeros actores a los que le seguí la pista. Trataba de ver las películas en las que aparecía, sin importar el argumento: sólo por verle a él. Durante años, fue el rostro de Hamlet, de Benedicto, del doctor Frankenstein… A partir de hoy, también será sinónimo de Kurt Wallander.

Este inspector de policía es el protagonista de una serie de novelas escritas por Henning Mankell. La BBC ha adaptado varias de estas novelas y ha creado una de sus características miniseries. Por ahora, llevan 6 capítulos, cada uno de hora y media de duración. Por la calidad de su factura, bien podría tratarse de 6 películas.

Wallander es un cincuentón solitario con problemas familiares y sin ninguna habilidad especial. Es un policía más, con sus aciertos, sus fracasos y sus fantasmas personales. Después de años de detectives y policías con capacidades únicas para resolver crímenes (desde Sherlock Holmes hasta aquellos con poderes síquicos), Wallander inaugura una etapa de hombres comunes que tratan de hacer bien su trabajo.

En el primer episodio, se enfrenta a una serie de asesinatos en apariencia inconexos. Su labor será descubrir el hilo que los une. Nada especial, pues. Tampoco hay persecuciones, duros interrogatorios, maquiavélicos criminales ni damas en apuros. Wallander investiga como puede, sin poner especial pasión en el asunto. No es Jimmy McNulty, no es Vic Mackey, tampoco se parece al comisario Flores. Quizá se asemeje más a Sarah Linden, la detective en The killing.

Es todo tan normal que resulta excepcional.

En el 99 por ciento de las películas de asesinos y policías, el resultado de la investigación está de alguna forma unido con la vida personal del agente. El caso más claro es el de Seven, de David Fincher. En el primer capítulo de Wallander, las conversaciones con los testigos llevarán al protagonista a intentar acercarse a su padre, con quien matiene una relación muy poco fluida.

Si hay que poner un pero a Wallander es el apabullante uso de la música. Como en las malas películas de suspense, la banda sonora dice qué va a pasar antes de que pase, y predispone al espectador a sentir una emoción antes de tiempo. Pero éste es un pero muy pequeño.

Por encima de todo está Kenneth Brannagh, en un registro muy diferente al de décadas asadas. Todo contención, sobriedad, elegancia. Inmenso.

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